Desde lo alto de la colina, abrazado a los recuerdos —unos fríos y otros convertidos en fulgor después de la tormenta—, me dediqué unos minutos de calma.
A veces la vida te obliga a detenerte. No porque quieras, sino porque hay heridas que necesitan tiempo, porque hay cosas que duelen más cuando se intentan explicar que cuando simplemente se sienten.
Han sido meses de demasiados comienzos, apuestas y preguntas. Muchas de ellas sin respuesta y otras para las que todavía no tengo un plan.
He intentado cerrar una herida. Una de esas heridas que no se ven, pero que pesan. Y, al mismo tiempo, la vida me ha puesto delante nuevas cargas, más trabajo, más responsabilidades y decisiones que no siempre llegan cuando uno se siente preparado para tomarlas.
Creemos que estamos siempre a salvo y avanzamos por la vida como si todo fuera un muestrario: una sucesión de momentos que podemos escoger, cambiar o devolver.
Pero no.
Hay etapas que simplemente hay que atravesar.
Por eso mi ausencia de ésta, mi fotografía, que durante tanto tiempo estuvo aquí, mostrando bellezas y debilidades.
No ha sido desinterés. Ni olvido. Ni mucho menos una renuncia.
Ha sido la necesidad de apartarme del ruido para ocuparme de lo verdaderamente importante…en algún momento, también de mí.
He aprendido que no todas las batallas necesitan testigos y que algunas heridas se empiezan a cerrar cuando dejamos de intentar aparentar que no existen.
Hoy vuelvo a asomarme, no porque todo esté resuelto, sino porque empiezo a sentir que puedo mirar hacia adelante sin dejar de abrazar lo que quedó atrás.
Quizá eso sea crecer: aprender a caminar con aquello que todavía duele, pero sin permitir que el dolor decida hacia dónde vamos.
Un abrazo a los que sienten las ausencias, a los que te llaman para acercarse, a los que, sin duda, tienes en la mente ..en el camino.