Imaginad una cena a principios del siglo XVII. Una mesa enorme, velas, plata, comida para alimentar a un regimiento y un grupo de aristócratas que probablemente ya llevaban unas cuantas copas de ventaja… ![]()
En algún momento alguien coloca sobre la mesa una figura de plata, le da cuerda y la suelta… Y aquello empieza a moverse solo… Recorre la mesa entre platos y copas mientras todos esperan a ver dónde se detiene. Porque cuando finalmente para delante de uno de los invitados, ese pobre hombre ya sabe lo que le toca… Beber. ![]()
Y no hablamos de una especie de juguete barato para animar las cenas. Algunos de estos cacharros eran auténticas obras maestras construidas por los mejores orfebres y relojeros de Augsburgo, llenas de engranajes, ruedas, muelles y pequeños mecanismos automáticos.
Los llamaban Trinkspiele. Literalmente, juegos de beber. Y algunos eran absolutamente maravillosos.
Esto que veis arriba fue fabricado hacia 1620 por Joachim Friess en Augsburgo. Representa a Diana, la diosa de la caza, montada sobre un ciervo y está realizado en plata parcialmente dorada, con esmaltes, adornos y un mecanismo de hierro y madera escondido en la base. Mide unos 37 centímetros, así que tampoco era precisamente un juguetito de sobremesa. ¿Pero y cómo funcionaba?
Pues se le daba cuerda y el mecanismo comenzaba a desplazarse sobre unas ruedas ocultas en su base… El ciervo estaba hueco y lleno de vino y su cabeza podía retirarse y el pobre elegido tenía que agarrar el animal por las patas traseras, levantarlo de la base y beberse su contenido. Es decir, habían construido una especie de ruleta alcohólica de plata de casi cuarenta centímetros… Lo que viene siendo lo mismo que hacíamos todos nosotros con veinte años, solo que nosotros utilizábamos una botella vacía y estos señores necesitaban a un orfebre y un relojero. ![]()
Augsburgo era por entonces uno de los grandes centros europeos de orfebrería y relojería y esa coincidencia produjo cosas bastante maravillosas. Los orfebres podían construir auténticas esculturas de plata y los relojeros tenían algo todavía más raro: la capacidad de esconder dentro un mecanismo accionado por un muelle que conseguía que el objeto se moviese sin necesidad de pesas… Y claro… juntas a un orfebre, un relojero y a un aristócrata con mucho dinero y bastante tiempo libre y pasan estas cosas. ![]()
Pero el del ciervo ni siquiera era el más espectacular.
Este otro fue realizado entre 1602 y 1606 por Hans Jakob I Bachmann y hoy está en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Diana ya no va sobre un ciervo sino sentada detrás de un centauro y, si os fijáis bien, en el pecho de este sí aparece claramente una esfera. O sea que aquí tenemos reloj, escultura, autómata y juego de beber… todo en el mismo cacharro.
En este caso parece ser que al darle cuerda, la pieza recorría la mesa mientras el centauro movía los ojos, Diana giraba la cabeza y algunos de los perros que los acompañan también se movían. Hasta ahí ya tenemos una sobremesa bastante más entretenida que las de mi familia. Pero todavía falta lo mejor.
Cuando el mecanismo se detenía, lanzaba una pequeña flecha y el invitado hacia el que apuntaba estaba obligado a vaciar su copa…![]()
Aun así los que más se repetían eran los de Diana sobre un ciervo… y no era casual, claro. La caza era uno de los grandes entretenimientos de la nobleza europea y además un privilegio reservado durante siglos a las clases pudientes. Diana era la diosa de la caza y el ciervo con una gran cornamenta representaba perfectamente ese mundo.
Hoy se conocen alrededor de una veintena del tipo de Diana sobre el ciervo en diferentes colecciones. Cambiaban los detalles, los animales, las decoraciones y los mecanismos, pero la idea era básicamente la misma: darle cuerda, soltarlo sobre la mesa y descubrir a quién le tocaba beber.
Cuanto más pienso en estos cacharros más me gustan porque recuerdan algo que a veces olvidamos: durante siglos un relojero no era únicamente alguien capaz de fabricar una máquina que diese la hora. Era uno de los pocos tipos capaces de hacer que las cosas se moviesen solas. Engranajes, muelles, ruedas, levas… La misma tecnología que servía para mover unas agujas podía conseguir que un animal caminase, que una figura girase la cabeza, que unos ojos mirasen de un lado a otro o que un centauro disparase una flecha a tu cuñado.
Y viendo el cacharro en movimiento creo que se entiende todavía mejor lo que debía de suponer contemplar algo así hace cuatrocientos años… Hoy puede parecernos un mecanismo relativamente sencillo, pero en aquella mesa debía de ser casi magia.
Aunque lo mejor de todo sigue siendo pensar que alguien tuvo los conocimientos necesarios para construir una pequeña máquina autónoma… y decidió utilizar todo ese talento para elegir quién se tomaba el siguiente chupito. ![]()
Qué queréis que os diga… me cae bien esa gente.






