Hay relojeros que se complican la vida intentado construir su propio tourbillon como el bueno de Kiu Tai Yu… 

y otros que se empeñan en cosas bastante distintas como por ejemplo fabricar relojes mágicos… 
Para conocer a este genio tenemos que viajar a Francia, concretamente a Blois, donde nació Jean-Eugène Robert en 1805. Era hijo de relojero y aprendió el oficio de su padre. En 1830 se casó con Eglantine Houdin, también hija de relojero, y añadió el apellido de su suegro al suyo. Así apareció Robert-Houdin. Con semejante familia, lo raro habría sido que acabara vendiendo melones…
Durante los años treinta empezó a construir unos relojes misteriosos. Imaginad uno de sobremesa con una esfera transparente. Os acercáis, miráis detrás de las agujas y podéis ver lo que hay al otro lado… pero ninguna maquinaria que explique cómo avanza. Yo habría tardado unos quince segundos en empezar a buscar el cable. Y otros quince en recordar que estamos en el siglo XIX.
En 1839 presentó sus creaciones en la Exposición de Productos de la Industria Francesa. Uno de los relojes asociados a aquella exposición llevaba dos columnas de cristal, una esfera transparente y un péndulo con partes de cristal. Vamos, que el hombre no se conformaba con esconder el mecanismo. Encima te enseñaba el reloj por todas partes para ponértelo más difícil…
¿Y dónde estaba el truco? En ese ejemplar, la maquinaria está escondida en la base. Lo complicado era llevar el movimiento hasta las agujas sin que se viese la transmisión. Entre sus soluciones aparece incluso un tubo de cristal que gira. El cristal no está ahí solamente para que puedas mirar a través de él: también forma parte del mecanismo. Ahí está la gracia.
Robert-Houdin construyó distintas versiones, cada vez más enrevesadas. Y eran relojes de verdad, no un ayudante tirando de un hilo detrás de una cortina. Su trabajo consistía en conseguir que todo funcionase y, además, que mirando desde fuera no entendieras cómo.
Pero al bueno de Robert la relojería se le quedó pequeña. También fabricó autómatas, entre ellos uno capaz de escribir y dibujar que recibió una medalla de plata en 1844. Al año siguiente, Robert-Houdin abrió en París sus Soirées Fantastiques, un espectáculo en el que aquellos conocimientos de mecánica le venían de maravilla para hacer magia.
Actuaba vestido como un caballero, en un ambiente elegante, y convirtió sus máquinas e ilusiones en parte del espectáculo. La relojería había encontrado otra salida profesional: dejar al personal con la boca abierta. Aunque, pensándolo bien, eso también lo consigue hoy cualquier marca cuando te pasa el presupuesto de una revisión…


Y ahora viene el giro que más me gusta. Años después, un joven mago admiraba tanto a Robert-Houdin que eligió un nombre artístico inspirado en el suyo: Harry Houdini. Sí, ese Houdini. Pero la admiración duró lo que duró. Al investigar a su ídolo, empezó a acusarlo de atribuirse trucos e inventos de otros.
En 1908 publicó The Unmasking of Robert-Houdin, algo así como El desenmascaramiento de Robert-Houdin. No era precisamente un homenaje cariñoso… Eso sí, una acusación de Houdini no convierte automáticamente cada afirmación del libro en verdad. Pero tiene su guasa: eliges tu nombre por un señor y acabas escribiendo un libro para ponerlo a caldo. Hay homenajes que es mejor no recibir.
Robert-Houdin murió en 1871, pero sus relojes siguen haciendo exactamente aquello para lo que fueron creados: desconcertarnos.
En 2024, el Morris Museum de Nueva Jersey reunió cinco ejemplares de la colección de Richard Garriott. Y allí estaba la gente, casi dos siglos después, pegando la nariz a aquellas esferas transparentes, buscando un engranaje, un eje o cualquier cosa que explicase cómo demonios se movían las agujas


