El problema de contratar a alguien para que vigile mientras todo el mundo duerme es bastante evidente… ¿Quién vigila al vigilante? ![]()
Porque imaginad una fábrica, un almacén o una estación de ferrocarril a mediados del siglo XIX… El vigilante nocturno terminaba su turno y aseguraba que había hecho todas sus rondas, comprobado todas las puertas y pasado varias veces por cada rincón del edificio… Pero también podía haberse sentado detrás de unas cajas, echar una cabezadita de siete horas y presentarse por la mañana con cara de haber pasado la noche persiguiendo ladrones ![]()
Hoy el jefe podría poner cámaras, instalar sensores, mirar el GPS o pedirle que compartiese su ubicación… Pero entonces nada de eso existía, así que encontraron una solución bastante más sencilla: obligarle a llevar encima un reloj que se chivaba de él ![]()
El aparato se conocía como reloj de control de vigilantes, reloj de rondas o Wächterkontrolluhr, que en alemán suena muchísimo más serio y amenazante, como casi todo…
A primera vista parecía una mezcla entre un reloj de bolsillo para gigantes, una fiambrera y una pequeña mina anticarro. Era redondo, mecánico, generalmente de metal y se transportaba dentro de una funda de cuero colgada del hombro. Algunos podían acercarse al kilo de peso, así que discreto precisamente no era… Y el lug to lug mejor ni preguntarlo ![]()
Uno de los grandes impulsores de estos aparatos fue Johannes Bürk, secretario del ayuntamiento de Schwenningen y responsable, entre otras cosas, de controlar el trabajo de los vigilantes nocturnos de la localidad. Hacia 1850 desarrolló este sistema y, en 1855, fundó la Württembergische Uhrenfabrik para fabricarlo y comercializarlo.
La fábrica de Bürk acabaría convirtiéndose en una de las empresas relojeras más importantes de Schwenningen, pero todo empezó con aquel extraño reloj pensado para comprobar si los vigilantes trabajaban… o se dedicaban a dormir la mona.
El funcionamiento era bastante ingenioso… En diferentes puntos de la ronda se instalaban unas llaves numeradas, normalmente guardadas en pequeñas cajas y sujetas con una cadena para que el vigilante no pudiera llevárselas todas a casa, sentarse junto a la estufa y fichar cómodamente sin moverse del sitio… Que nos conocemos ![]()
Cada llave correspondía a un lugar concreto: la puerta trasera, el almacén, la sala de máquinas, la entrada principal… Cuando el vigilante llegaba hasta allí, introducía la llave en el reloj y la giraba.
El reloj estaba cerrado y el vigilante no podía acceder a su interior. Dentro llevaba un disco o una tira de papel que avanzaba al mismo ritmo que el mecanismo. Al girar una de aquellas llaves, el reloj dejaba sobre el papel una marca identificativa en la posición correspondiente a la hora exacta.
De esa manera no solo quedaba registrado que el vigilante había pasado por un punto determinado, sino también cuándo lo había hecho. Al terminar el turno entregaba el aparato y el encargado, que tenía la llave para abrirlo, sacaba el disco y podía reconstruir toda la ronda.
Si faltaba una marca, el vigilante no había pasado por allí. Si entre dos puntos había un agujero de tres horas, probablemente se había quedado dormido. Y si todas las marcas aparecían concentradas en los últimos minutos del turno… pues había hecho lo mismo que hacíamos algunos con los deberes del colegio: dejarlo todo para el final y esperar que nadie se diese cuenta ![]()
Y el invento debió de funcionar bastante bien… En un catálogo publicado hacia 1912, la empresa afirmaba haber vendido entre 50.000 y 70.000 unidades. Tampoco era precisamente barato. El equipo completo, incluyendo el reloj, la funda de cuero, las tiras de papel, las cajas para las llaves y las cadenas, costaba alrededor de 80 marcos… aproximadamente el sueldo mensual de un trabajador de la época. Vamos, que controlar al trabajador tampoco salía barato ![]()
Estos relojes terminaron utilizándose en ciudades, fábricas, instalaciones industriales, ferrocarriles, instituciones e incluso cárceles. El de la siguiente fotografía, por ejemplo, fue utilizado por el servicio postal alemán hacia 1930.
Después de la muerte de Johannes Bürk, su hijo Richard continuó desarrollando aparatos para controlar las horas de entrada y salida de los trabajadores. Aquellos relojes de vigilante terminaron dando lugar a distintos sistemas de control horario y a los relojes de fichar que durante tantos años hubo en fábricas y oficinas.
Así que la respuesta a la pregunta inicial estaba clara… ¿Quién vigilaba al vigilante? El reloj… Pero ¿Quién vigilaba al que abría el reloj? Curiosamente, para solucionar eso nunca hubo tanta prisa ![]()








