Hace unas semanas, en el hilo de “Complicaciones que deberían existir” comenté que sería bonito que cada relojero tuviese su propia marca y la fuese dejando en el interior de la tapa de cada reloj que reparase… @luin me respondió entonces que aquello, de alguna manera, había existido: los antiguos fabricantes de cajas dejaban sus propias marcas para identificarlas… Pues resulta que ayer, buscando otra cosa, encontré algo que me hizo recordar aquella conversación.
Vamos al lío… o al hilo, mejor dicho… ![]()
Primero es necesario un poco de historia… Situémonos… Estamos en abril de 1861… Abraham Lincoln… al que todos recordamos como Daniel Day Lewis
… lleva apenas unas semanas como presidente de los Estados Unidos. Había tomado posesión el 4 de marzo y, por decirlo suavemente, no había elegido precisamente el momento más tranquilo para llegar a la Casa Blanca… ![]()
La elección de Lincoln unos meses antes había terminado de poner patas arriba una situación que ya venía bastante calentita… Carolina del Sur se largó de la Unión en diciembre de 1860 y, en pocas semanas, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas hicieron lo mismo. En febrero todos ellos ya habían montado por su cuenta los Estados Confederados de América, con Jefferson Davis como presidente. Vamos, que Lincoln llegó a Washington y se encontró con un pequeño problema… acababa de convertirse en presidente de unos Estados Unidos que ya no estaban demasiado unidos. ![]()
Y en mitad de todo aquel follón había un sitio que se había convertido en el centro de todas las miradas: Fort Sumter, una fortificación federal plantada en una pequeña isla a la entrada del puerto de Charleston, en Carolina del Sur. El problema era bastante fácil de entender: el fuerte seguía en manos del ejército de la Unión, pero todo lo que tenía alrededor ya estaba en territorio confederado. Los soldados de dentro empezaban a quedarse sin suministros, los de fuera no pensaban moverse ni un milímetro y durante días aquello fue una mezcla de negociaciones, amenazas, mensajes cruzados y un “a ver quién pestañea primero” bastante poco tranquilizador… Hasta que, en la madrugada del 12 de abril de 1861, alguien dejó de pestañear y decidió disparar. Los cañones confederados abrieron fuego contra Fort Sumter y se acabó la discusión… Había empezado la Guerra Civil estadounidense.
La noticia tardó unas horas en llegar a Washington. No había móviles, evidentemente, ni televisión, ni radio, ni Twitter para enterarse cinco segundos después
Las noticias viajaban por telégrafo y periódicos, y aquel sábado 13 de abril la capital empezó a enterarse de que algo que durante meses parecía todavía evitable acababa de pasar…
Ese mismo día, a poca distancia de la Casa Blanca, un relojero llamado Jonathan Dillon… el señor de barba a la derecha de la foto… estaba trabajando en la joyería M. W. Galt & Co., en Pennsylvania Avenue.
Sobre su mesa tenía un reloj de bolsillo que le habían llevado para reparar… y no era cualquier reloj… Tenía caja de oro de 18 quilates, movimiento inglés fabricado en Liverpool y un dueño bastante conocido en Washington. Bueno, bastante conocido no. Probablemente el hombre más conocido del país en aquel momento. El reloj era de Abraham Lincoln.![]()
Así que el bueno de Dillon estaba trabajando en el reloj del presidente cuando alguien entró en la joyería con la noticia de lo que acababa de pasar en Fort Sumter y al buen hombre se le ocurrió una idea… un tanto peculiar… desmontó un poco más el reloj, levantó la esfera y, en una parte que quedaría completamente oculta cuando volviese a montarlo, grabó un mensaje. Después cerró todo, terminó el trabajo y el reloj volvió a manos de Lincoln como si allí no hubiese pasado absolutamente nada…
Lincoln, claro, ni se enteró y el reloj volvió a sus manos con aquello escondido debajo de la esfera… Cuatro años después, el 14 de abril de 1865, Lincoln era asesinado sin haber sabido nunca lo que aquel relojero había dejado escrito dentro de su reloj…
Ahí podría haberse acabado todo, porque durante décadas nadie tuvo ninguna razón para desmontar aquella esfera y mirar qué había debajo… Pero 45 años después, en 1906, Jonathan Dillon, el relojero, seguía vivo… Tenía ya 84 años… una buena edad para aquella época la verdad… y decidió contar la historia al New York Times. Según recordaba, aquel día había escrito algo parecido a que se había disparado el primer cañón, que la esclavitud había muerto y que, gracias a Dios, tenían un presidente que al menos iba a intentarlo…
La historia quedó perdida en la hemeroteca durante décadas en ese terreno maravilloso que existe entre “esto es un historión” y “a saber si el abuelo se lo inventó”… ![]()
Mientras tanto, el reloj siguió su propio camino. Pasó por la familia de Lincoln hasta que en 1958 su bisnieto, Lincoln Isham, lo donó al Smithsonian, donde quedó conservado en el National Museum of American History… Gracias que lo llevó él y no lo mandó por correos. ![]()
Y entonces, muchos años después, apareció Douglas Stiles… ¿Quién?.. Pues el tataranieto de Jonathan Dillon… Stiles conocía aquella historia porque se había ido transmitiendo en su familia durante generaciones y terminó poniéndose en contacto con el Smithsonian para plantearles, básicamente, una pregunta: ¿Y si abrimos el reloj y comprobamos de una vez si mi tatarabuelo decía la verdad?..
El 10 de marzo de 2009 un grupo de conservadores, periodistas, personal del museo y descendientes de Dillon se reunió para asistir al momento de la apertura. El encargado de desmontar el reloj fue George Thomas, maestro relojero y voluntario del Smithsonian. Imaginaos un poco la situación: tienes delante un reloj de oro de casi 150 años que perteneció a Abraham Lincoln, que está extraordinariamente bien conservado y todo el mundo está esperando a que levantes la esfera para comprobar si una historia que lleva circulando más de un siglo es cierta.
Thomas quitó las agujas, fue liberando la esfera y finalmente la levantó… Y debajo sí había algo escrito… Allí estaba el nombre de Jonathan Dillon, la fecha 13 de abril de 1861, Washington y una referencia al ataque a Fort Sumter por parte de los rebeldes.
La historia era cierta. Bueno… más o menos.
Porque aquí viene mi parte favorita.
¿Os acordáis de la frase que Dillon decía en 1906 que había escrito? Aquello de que había sonado el primer cañón, que la esclavitud había muerto y que gracias a Dios tenían un presidente que al menos iba a intentarlo… Pues no… No había escrito aquello.
La inscripción real era bastante menos perfecta… Sí, había dejado constancia del ataque a Fort Sumter, había puesto la fecha y había dado gracias porque seguían teniendo un gobierno… pero no había nada sobre que la esclavitud estuviese muerta ni sobre Lincoln intentando salvar el país.
Vamos, que Dillon no se había inventado la historia pero había hecho algo muy humano… con el paso de los años la había ido mejorando un poquito en su cabeza. ![]()
Pero la cosa todavía guardaba una última sorpresa porque cuando levantaron la esfera descubrieron que Dillon no había sido el único en dejar algo dentro. Otro relojero, L. E. Gross, había grabado también su nombre en 1864.
Hasta ahí, nada demasiado extraño… precisamente enlaza con aquello que hablábamos en el otro hilo sobre las marcas que iban dejando quienes trabajaban en los relojes. Pero en otra parte del movimiento apareció algo bastante más curioso… Alguien había escrito: JEFF DAVIS.
¿Y quién era Jeff Davis? Pues nada más ni nada menos que el presidente de los Estados Confederados. Es decir, el gran rival político de Lincoln durante la Guerra Civil.
No se sabe quién lo escribió ni cuándo. Pudo ser una broma, una provocación, una muestra de simpatía por los confederados o simplemente la ocurrencia de algún relojero que decidió dejar allí su pequeño mensaje para la posteridad.
Así que Lincoln llegó a llevar en el bolsillo un reloj que escondía el mensaje de Dillon, la firma de otro relojero y el nombre del presidente enemigo y no sabía que llevaba ninguno de los tres. A esas alturas aquello ya no era un reloj. Era un grupo de WhatsApp de 1864. ![]()
Lincoln nunca supo que aquello estaba allí. Nunca leyó los mensajes y probablemente jamás conoció siquiera el nombre de Jonathan Dillon pero el reloj sobrevivió a ambos, sobrevivió a la Guerra Civil, al asesinato de Lincoln, pasó por varias generaciones de su familia, acabó en un museo y, 148 años después, alguien volvió a levantar la esfera y Jonathan Dillon seguía allí como podéis ver en este video donde quedó el momento inmortalizado.
PD: Para el que le interese la historia completa del reloj de Lincoln aquí hay un PDF increíble lleno de recortes de prensa y documentación que es gloria bendita.



















