En enero de 1910 París sufrió una de las peores inundaciones de su historia. El Sena se desbordó, el agua entró en estaciones, calles, sótanos y alcantarillas y durante días buena parte de la ciudad quedó completamente patas arriba…
Y en mitad de aquel desastre ocurrió una cosa de peli de ciencia ficción… De repente, miles de relojes de París dejaron de funcionar prácticamente al mismo tiempo
Como en una película de Shyamalan las agujas se quedaron inmóviles entre las 10:48 y las 10:53… Y no porque se hubiera ido la luz… Aquellos relojes no necesitaban electricidad. Necesitaban aire. ![]()
Porque durante casi medio siglo París tuvo algo que hoy resulta bastante difícil de imaginar: una red de tuberías que recorría el subsuelo de la ciudad y cuya misión era distribuir la hora… Literalmente…
Desde una estación central se enviaba cada minuto un pequeño impulso de aire comprimido que viajaba por kilómetros de conducciones hasta llegar a relojes situados en calles, hoteles, bancos, teatros, estaciones e incluso casas particulares.
Un minuto…
Pssss.
La aguja avanzaba.
Otro minuto…
Pssss.
Y otro minuto más. ![]()
La historia había empezado unos treinta años antes con un ingeniero austríaco llamado Victor Popp… que no era mago pero había tenido una gran idea…
A finales de la década de 1870 Popp y sus colaboradores estaban experimentando con un sistema para conseguir que muchos relojes distintos pudieran marcar exactamente la misma hora sin necesidad de que cada uno dispusiera de un mecanismo especialmente preciso.
La idea era bastante sencilla… En vez de intentar fabricar miles de relojes perfectos, fabricas un reloj bueno y consigues que todos los demás le hagan caso… Y para mandarles la orden utilizaron aire comprimido.
En 1880 comenzaron a instalar el sistema en París. La estación principal estaba en la rue Sainte-Anne y desde allí salían tuberías que recorrían la ciudad aprovechando, entre otras cosas, la enorme red de alcantarillado parisina… En la central había un reloj maestro encargado de gobernar todo el asunto. Cada sesenta segundos abría una válvula y liberaba un pulso de aire en las tuberías.
Ese pequeño aumento de presión llegaba hasta cada uno de los relojes conectados que detrás de la esfera tenían un pequeño receptor neumático. El aire empujaba una membrana o un pistón y ese movimiento hacía avanzar una rueda dentada..
Y el invento funcionó… En 1882, apenas dos años después de comenzar el servicio, la red tenía ya unos 23 kilómetros de tuberías, alrededor de 2.500 relojes conectados y unos 1.300 abonados repartidos por quinientos edificios. También había relojes públicos instalados en grandes candelabros de las calles…
Lo que me resulta especialmente increíble es que uno podía contratar aquello para casa… Pagabas una pequeña suscripción y la compañía instalaba un reloj conectado a la red… Es decir, a finales del siglo XIX podías pagar una especie de tarifa mensual para recibir la hora… Mucho más práctico que el sistema de Ruth Belville.
Pero había una pequeña pega… Si todos tus relojes dependen de la misma red… cuando la red falla, fallan todos a la vez… Y así volvemos a 1910. ![]()
Aquel enero el Sena fue subiendo hasta inundar buena parte de las infraestructuras subterráneas de París y el agua acabó afectando también a las instalaciones que suministraban el aire comprimido de forma que en la noche del 21 de enero, la presión desapareció. No hubo siguiente impulso… Los mecanismos esperaron… Y esperaron… Pero el siguiente minuto nunca llegó.
La prensa de la época contó que las agujas de los relojes neumáticos públicos y privados habían quedado inmóviles entre las 10:48 y las 10:53. Otras fuentes sitúan directamente la parada general a las 10:53. En cualquier caso, el motivo era el mismo: al desaparecer la presión de la red, dejó de llegar el pulso que hacía avanzar las agujas cada minuto.
El sistema volvió a funcionar, por supuesto, pero ya tenía los días contados porque la electricidad permitía sincronizar relojes de una forma mucho más sencilla y barata y mantener toda aquella infraestructura neumática fue dejando de tener sentido. La red horaria de Popp terminó cerrando en 1927, después de casi medio siglo enviando minutos por debajo de las calles.
Así que la próxima vez que uno de mis relojes adelante ocho segundos al día intentaré no quejarme demasiado… Al menos no tengo que esperar a que París me mande el siguiente minuto por una alcantarilla. ![]()







