Creo que todos los que andamos por aquí compartimos una misma inquietud cada vez que compramos un reloj fuera de la Unión Europea… No me refiero a si llegará bien embalado o a si el movimiento vendrá fino… Me refiero a ese momento en el que recibes un mensaje de Correos, DHL o FedEx y lees las palabras mágicas: “Su envío requiere gestión aduanera.” ![]()
Pues pensando en esto me dio por preguntarme cómo sería comprar relojes antiguamente… Y he terminado descubriendo que en la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII lo tenían bastante peor que nosotros.![]()
¿Dijiste… un DeLorean? ![]()
En 1797, el Gobierno británico de William Pitt necesitaba dinero para financiar las guerras contra la Francia revolucionaria y tuvo una de esas ideas que sobre el papel debió de parecer estupenda: crear un impuesto anual sobre los relojes.
La tarifa era de cinco chelines por cada reloj de pared o sobremesa, diez chelines si el reloj de bolsillo era de oro y dos chelines y seis peniques si era de plata o de cualquier otro metal.
Además, relojeros y comerciantes tenían que pagar su propia licencia. Porque una vez abierta la caja… había que aprovechar bien el viaje
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El razonamiento del Gobierno era bastante sencillo: quien tiene un reloj tiene dinero, así que podemos cobrarle.
El problema es que los relojes empezaban precisamente entonces a dejar de ser objetos reservados exclusivamente a los ricos y cada vez estaban al alcance de más gente… ¿Y cómo reaccionó la población?
Pues de una manera bastante previsible: escondiendo los relojes, dejando de comprar otros nuevos y buscando cualquier sitio donde poder consultar la hora gratuitamente
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La demanda se desplomó. Los relojeros dejaron de vender, la industria relojera británica entró en crisis y miles de trabajadores se vieron afectados. El desastre fue tan rápido que el Gobierno terminó retirando el impuesto en abril de 1798, apenas nueve meses después de haberlo puesto en marcha… Una idea tan brillante que tuvieron que retirarla antes de cumplir el año
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Durante mucho tiempo se contó que aquel impuesto provocó que las tabernas inglesas instalasen grandes relojes en sus paredes para que la gente pudiera entrar y consultar la hora sin necesidad de tener uno propio… De ahí habría nacido el nombre de los llamados Act of Parliament clocks, o relojes del Parlamento.
Bueno… la historia de los relojes del parlamento es estupenda… pero parece que no es cierta.![]()
Esos grandes relojes de taberna ya existían varias décadas antes de que William Pitt inventase su impuesto. Lo más probable es que el nombre apareciese posteriormente y que, con el tiempo, la leyenda terminase pegándose al reloj… Porque tampoco vamos a permitir que la realidad nos estropee una buena historia relojera
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Así que la próxima vez que recibamos el temido mensaje de aduanas podemos consolarnos pensando que, al menos, ahora solo nos cobran cuando el reloj entra en el país.![]()














