No sé muy bien cómo acabé buscando esto aunque últimamente empiezo a asumir que cualquier cosa que se me ocurra termina de una manera u otra relacionada con relojes
El caso es que como parte de mi trabajo es escribir, y como ahora estoy aprovechando para ponerme al día de mis lecturas atrasadas… acumular libros que algún día leeré… otro vicio… me pregunté si habría poemas dedicados a los relojes… Pero no poemas sobre el paso del tiempo, la fugacidad de la vida, que nos hacemos mayores y todas esas cosas tan alegres como para saltar de un barranco a lo dueño de Mango… ![]()
No. Yo buscaba poemas sobre relojes de verdad, sobre el objeto. Vamos, que si un poeta iba a ponerse intenso, por lo menos que hubiese maquinaria de por medio
Pues resulta que hay bastante más de lo que yo pensaba.
De hecho el primero que encontré y me dejó bastante loco fue Quevedo… el de “Polvo serán, mas polvo enamorado”, no el de “Quédate”. ![]()
El reloj aparece de una manera u otra en quince poemas suyos. Sí… QUINCE
De ellos, seis son considerados propiamente sus “poesías relojeras”… En pleno siglo XVII el hombre debía estar más metido en el vicio que muchos de nosotros
Entre esos poemas están El reloj de arena, Reloj de campanilla y El reloj de sol, que acabarían reunidos en Las tres musas últimas castellanas publicadas póstumamente en 1670… y lo curioso es que no utiliza el reloj simplemente como una excusa para hablar del tiempo. En El reloj de campanilla, por ejemplo, habla del metal, de la cuerda, de la sonoridad del mecanismo y de la especie de vida artificial que el hombre consigue darle a la máquina. Lo llama: “El metal animado…”. Y ahí ya me ganó
Porque estamos hablando de un señor del siglo XVII mirando un reloj mecánico y flipando, básicamente, con lo mismo que nosotros cuatrocientos años después… Por cierto que el cachondo, en otro poema, llega a hacer una coña con mujeres que quieren hombres “relojes” que les den “cada hora y aun cada cuarto”… teniendo en cuenta que el cuarto también era una moneda.
Grande Quevedo.
Después está Baudelaire, que evidentemente no podía mirar un reloj y decir simplemente “qué bonito” ![]()
En El reloj, publicado en Las flores del mal en 1861, convierte directamente al reloj en una especie de mensajero bastante cabrón que no para de recordarnos que nos vamos a morir. Hay un verso que dice: “Tres mil seiscientas veces por hora, el Segundero / murmura: ¡Recuerda!” ¡¡¡3.600!!!
Un poeta francés del XIX haciendo la cuenta de los segundos que tiene una hora para recordarnos nuestra mortalidad…
Esta gente sabía animar una cena. ![]()
Luego encontré uno de Emily Dickinson que me pareció especialmente bonito.
Suele aparecer traducido como Un reloj parado y empieza diciendo: “Un reloj se paró… / No el de la repisa…”… Y a partir de ahí utiliza algo que cualquier aficionado entiende perfectamente: un mecanismo que funcionaba… y que de pronto deja de funcionar… Sólo que evidentemente el reloj del que está hablando Emily no puede llevarse al relojero… You know. ![]()
En 1915, el puertorriqueño Luis Palés Matos escribió un poema que se llama El reloj… vale, lo de los nombres de los poemas no era el colmo de la originalidad…
El poema empieza así: “Con una incontrastable isocronía / canta el reloj las horas que transcurren” ¿¿¿ISOCRONÍA???
¿¿HOLA, QUÉ TAL?? Este sí que parece escrito por uno de nosotros
Porque no habla del tiempo y ya está: habla de agujas, armazón, péndulo… del reloj tal cual.
Otro que me encantó es de Fernando Pessoa, aunque firmado por su heterónimo Alberto Caeiro.
Está escrito en 1914. Caeiro, es decir Pessoa, se despierta en mitad de la noche y todo está en silencio excepto su reloj… Una pequeña cosa encima de una mesa cuyo ruido acaba inundándolo todo. Cualquiera que haya dormido alguna vez con un reloj mecánico cerca entiende perfectamente la escena del bueno de Pessoa
La casa completamente en silencio y de pronto parece que tienes el Big Ben al lado de la oreja.
Y llegamos al bueno de Borges.
En 1959 publica El reloj de arena… y aquí encontré una cosa que me gustó mucho. Quevedo… recordad, el poeta, no el cantante
… había escrito su El reloj de arena a comienzos del XVII. Borges publica otro El reloj de arena casi tres siglos y medio después. Casi trescientos años de diferencia y los dos escribiendo sobre la misma cosa. Borges escribe: “Todo lo arrastra y pierde este incansable / hilo sutil de arena numerosa”… Me encanta pensar que separas a esos dos hombres casi trescientos años pero les pones delante un reloj de arena y los dos terminan haciendo lo mismo… Quedarse mirando cómo cae la arena como haríamos cualquiera de nosotros ![]()
Hay bastantes más. Longfellow escribió sobre un viejo reloj doméstico que va sobreviviendo a las generaciones de una familia. Mário Quintana llamó al reloj de pared “el más feroz de los animales domésticos” porque acaba devorando generaciones ![]()
Y Vinicius de Moraes construyó prácticamente un poema entero alrededor del: tic-tac… tic-tac… Os lo dejo aquí en portugués porque se entiende perfectamente.
“O Relógio”
Passa, tempo, tic-tac
Tic-tac, passa, hora
Chega logo, tic-tac
Tic-tac, e vai-te embora
Passa, tempo
Bem depressa
Não atrasa
Não demora
Que já estou
Muito cansado
Já perdi
Toda a alegria
De fazer
Meu tic-tac
Dia e noite
Noite e dia
Tic-tac
Tic-tac
Tic-tac…
Ya veis… parece que llevamos unos cuantos siglos haciendo exactamente lo mismo… Nosotros discutimos sobre calibres, desviaciones, reservas de marcha, acabados y si 43 mm son una paellera… y otros se ponen a escribir poemas que luego casi nadie lee ![]()
No sé si conocíais alguno de estos poemas pero yo desde luego no tenía ni idea de que Quevedo fuese semejante friki relojero. ![]()






