La tormenta había comenzado antes del anochecer.
El estrecho de Cook rugía con esa violencia que sólo conocen quienes han pasado una vida frente al océano.
El viento descendía desde las colinas de la Isla Norte y se precipitaba contra los acantilados de Cabo Palliser, levantando columnas de espuma que desaparecían en la oscuridad sólo momentos antes de alcanzar la cima.
Las ráfagas superaban con creces los cien kilómetros por hora, es decir, un temporal duro de Fuerza 10.
El faro vibraba con un leve temblor metálico mientras las ventanas silbaban bajo la presión del aire. Las contraventanas debían estar firmemente trabadas para evitar incluso consecuencias graves al ser zarandeadas como marionetas por el viento y arrancarlas previa rotura de los cristales y la entrada, hasta que el farero lo remediase, de ingentes cantidades de agua cargada de salitre marino.
Afuera, el Pacífico y el mar de Tasmania parecían haber olvidado que eran mares distintos para convertirse en una única masa negra, enfurecida y embravecida.
El farero, Thomas Percy Rolls, llevaba años conviviendo con aquella soledad. Había aprendido que el enemigo no era el viento, ni siquiera las olas. El verdadero enemigo era el tedio, el tiempo vacío. Lo sabía bien. Por ello, valoraba la presencia de su reloj.
Su reloj era algo especial, era un reloj que le recordaba a sus ancestros. Resulta que un reloj similar había llegado a manos de su padre muchos años antes de la mano de su abuelo, cuando un joven soldado del 28.º Batallón Māori regresó de la campaña de Italia.
El reloj de Thomas, no era el reloj que había llevado su abuelo durante la campaña italiana, a aquel le había perdido la pista al pasar a la siguiente generación que fue su padre. Pero Thomas recordaba las formas de aquel reloj de su abuelo perfectamente. Su marca era Panerai. Antes de morir, su abuelo, el veterano militar, se lo entregó a su padre también farero con una frase que nunca olvidaría dado que su padre siempre se la repetía: “Mientras este reloj siga marcando el tiempo, recuerda que siempre habrá alguien esperando una luz para volver a casa”.
El reloj de Thomas no era Panerai, era otro, nacido décadas después, pero parecía contener la misma memoria. Sobre la esfera podía leerse la leyenda Moana Pacific, lo cual le llenaba de orgullo dado su origen neozelandés. Ningún nombre habría sido más apropiado para medir el tiempo en un faro en el extremo meridional del Pacífico.
Para cualquiera, podía ser el nombre de un reloj. Para un maorí, es decir, alguien indígena de la polinésia de Nueva Zelanda, significaba el Océano, el mismo que había separado a aquellos hombres de su hogar cuando partieron a combatir al otro extremo del mundo.
Dicen que algunos relojes nacen mucho antes de que se fabriquen, quizá estuvieron ahí durante décadas, esperando ser redescubiertos. El que descansaba sobre la muñeca de Thomas el farero parecía uno de ellos. Su caja contundente, con leve forma de cojín levemente redondeada, heredera de aquel gran instrumento que había acompañado a su abuelo en duras batallas en los años 40, rezumaba personalidad, robustez, solidez, temperamento y fortaleza, la misma que tenía su faro ante las tormentas del Pacífico.
Thomas atendía con atención el faro. Un faro podía perdonar una lámpara sucia, podía soportar un cristal agrietado, incluso una noche de lluvia, si bien jamás podía permitirse llegar tarde o quedarse dormido en una noche como la que se presentaba.
Aquella luz era la diferencia entre encontrar la entrada al estrecho o desaparecer contra las rocas.
Thomas, subió los últimos peldaños de la torre mientras el edificio entero crujía bajo los embates del temporal. La linterna giraba lentamente, proyectando su destello blanco sobre la inmensidad del océano. Cada barrido iluminaba durante un instante las crestas de las olas antes de que la oscuridad volviera a tragárselas.
En el faro se escuchaba muchas veces el silencio, sólo enturbiado por el rumor constante del mecanismo, pero aquélla noche se escuchaba la Naturaleza desatada, oleaje, rompiente, viento, gotas de lluvia que impactaban contra la madera de las contraventanas a la velocidad del rayo.
En el faro, el tiempo adquiría una precisión casi sagrada. El farero levantó la manga del impermeable, luego la de su grueso jersey de lana y apareció su reloj, entonces clavó su mirada en su esfera “Moana Pacific” farfulló entre dientes como buscando apoyo en su reloj.
No era un reloj cualquiera. Había nacido en la misma tierra donde él desempeñaba su oficio. Moana, significaba “océano” en lengua maorí, algo muy importante para él. Era como si aquel pequeño instrumento llevara grabado el mismo horizonte que contemplaba cada noche desde la enorme linterna.
Las agujas avanzaban con una serenidad absoluta, ajenas al caos exterior. Tenía aspecto de un preciso instrumento de medida náutico, lo cual le cautivaba.
Tras mirar, o más bien, admirar su reloj, continuó con las comprobaciones que debían realizarse siempre a la misma hora.
Verificar la presión de todo el sistema. Controlar y engrasar el mecanismo de giro de la óptica.
Revisar el consumo de combustible, repasar fugas. Repasar el cableado por si algún intrépido polizón de cola larga hubiera decidido afilarse sus colmillos en ellos. Anotar cada incidencia con la precisión celo de un escriba egipcio. No había margen para la improvisación. El mar no aceptaba excusas … ni errores.
Un golpe especialmente violento sacudió la torre. El cristal vibró con un sonido grave y, durante una fracción de segundo, la lluvia pareció transformarse en una cortina sólida golpeando la linterna.
Thomas apoyó una mano sobre la estructura de hierro. Esperó. Contó los segundos. Observó nuevamente el reloj. Todo seguía funcionando con precisión.
Abajo en la lejanía, casi invisible entre la espuma, un mercante luchaba por mantener el rumbo hacia Wellington. Desde su puente solo existía una referencia segura en centenares de kilómetros de costa: aquel destello que aparecía y desaparecía con la exactitud de un latido.
No conocían el nombre del hombre que mantenía viva la luz. Nunca sabrían cuántas veces había subido aquella escalera aquélla noche. Ni siquiera las noches que había pasado solo escuchando el rugido del océano. Pero confiaban en él. Confiaban ciegamente en la persona que mantenía la regularidad de una luz y en la precisión de quien vela para que nunca falle. A su vez, Thomas confiaba en su fiel reloj.
Mientras, la tormenta continuaba azotando Cabo Palliser, el farero cerró su cuaderno de servicio con las anotaciones, repasó alguna letra que no había quedado bien cerrada en el trazo. Thomas era meticuloso en su trabajo.
Miró una vez más el reloj. Las agujas seguían avanzando con la misma calma con la que el faro enviaba su destello al horizonte. Pasaba la noche, pero no aquel temporal. Fuera, el Océano seguía siendo dueño de la noche. No obstante dentro de la torre, el tiempo seguía perteneciendo al hombre que lo vigilaba. La aguja minutera avanzó un nuevo tramo sobre la esfera.
Thomas Percy Rolls cerró la tapa del depósito de queroseno y pasó la mano por el cristal de la linterna. Ni una mota de hollín. La lente de Fresnel devolvía la luz con una intensidad casi hipnótica, enviando su destello a más de treinta kilómetros mar adentro. Aquella inmensa corona de cristal era el verdadero corazón del faro. Él solo era su guardián.
Una ráfaga estremeció de nuevo la torre. No fue un simple golpe de viento. Fue un impacto seco, brutal, como si un gigante hubiera empujado la estructura con todo el peso del Pacífico. Los remaches de hierro crujieron. La escalera de fundición emitió un lamento metálico que descendió por el interior de la torre hasta perderse entre los muros. Thomas permaneció inmóvil.
Había aprendido hacía mucho tiempo que el miedo nunca debía acelerar los movimientos de un farero. El mar castigaba la precipitación con la misma severidad que castigaba la negligencia.
Volvió la vista hacia el reloj. Parecía que le aportaba sosiego en los peores momentos. La luminiscencia de las agujas brillaba con una tenue luz verdosa. Susurró las 23:00 horas.
Era también el momento de registrar la siguiente inspección nocturna. Tomó el cuaderno de servicio y escribió con su caligrafía firme y ordenada: “Lámpara estable. Óptica girando correctamente. Viento del sur-suroeste en aumento. Lluvia horizontal. Visibilidad muy reducida. Mar arbolada”
La tinta de su pluma aún no había terminado de secarse cuando un sonido diferente irrumpió atravesando el rugido del temporal. Era un grave y prolongado bramido. Era la sirena de un buque. Muy lejos. Demasiado lejos. Thomas abandonó el cuaderno y se acercó a los cristales.
No lograba ver absolutamente nada. La lluvia golpeaba con tal violencia que la luz del faro parecía desaparecer apenas unos cientos de metros más allá de la torre.
Entonces volvió a escucharlo. Tres pitadas largas. Espaciadas. Un código universal entre marinos. “Estoy aquí.” El farero conocía aquellas aguas demasiado bien.
En noches como aquella, las corrientes del estrecho de Cook podían desplazar un carguero cientos de metros respecto a su derrota prevista. Bastaba un pequeño error para terminar contra los arrecifes de Ngawi, donde las olas rompían con una violencia capaz de deshacer un casco de acero.
Thomas apoyó ambas manos sobre el marco de la ventana. No podía hacer nada por aquella tripulación. Su única obligación residía en mantener viva la luz de su faro. Mientras el mecanismo continuaba girando con precisión, su mente viajó por un instante a otra noche, muchos años atrás. Una noche igual de oscura. Igual de fría.
Un joven soldado maorí acababa de regresar de Italia. Había sobrevivido a Cassino, pero hablaba poco de la guerra. Solo una vez, mientras compartían una taza de té frente al mar, le confesó algo al padre de Thomas algo que su padre le contó y que jamás olvidaría: “Allí aprendimos que la oscuridad nunca da miedo por sí sola. Lo que asusta es no encontrar una luz amiga cuando sabes que debería estar esperándote”.
Desde entonces, cada vez que el viento hacía temblar la torre, aquellas palabras regresaban a su memoria. Miró de nuevo el reloj Moana. El segundero seguía avanzando imperturbable y absoluta precisión. Su reloj, no temía a tormentas, no temía a los naufragios. Solo conocía el tiempo.
Y, sin embargo, aquella noche el tiempo era lo único que mantenía con vida a hombres que jamás conocería. El tiempo mostrado por la cadencia de su linterna, que a su vez era ajustada por la cadencia de su reloj Moana Pacific.
Porque un destello adelantado podía confundirse con otro faro. Uno retrasado podía hacer creer a un capitán que había perdido su posición. La precisión no era un lujo. Era una forma silenciosa de salvar vidas. Thomas sonrió apenas un instante, su reloj le arrancaba sonrisas, recuerdos, le inspiraba, le recordaba sentimientos, le aportaba fuerza.
Afuera, el océano seguía rugiendo con la furia de un mundo sin testigos. Dentro de la torre, cada engranaje continuaba girando con la exactitud de un reloj. Y mientras existiera aquella cadencia perfecta entre la luz y el tiempo, Cabo Palliser seguiría pronunciando el mismo mensaje que llevaba décadas enviando a todos los navegantes del Pacífico: “Todavía estáis a salvo. Seguid la luz.”
Antes de que los europeos aprendieran a cruzar los océanos con sextantes y cronómetros, hubo hombres capaces de leer el mar como otros leen un libro. No seguían faros ni cartas náuticas. Seguían el pulso del Pacífico.
A aquel inmenso océano los maoríes lo llamaron Moana. Siglos después, ese mismo nombre volvería a navegar, grabado en la esfera de un reloj nacido en el extremo del mundo:
Muy buenas, señores, les presento el Magrette Moana Pacific. Un reloj con rasgos de personalidad propios como bien saben, si bien debido a sus características, algo minoritario.
No pretende ser una recreación histórica exacta, pero su diseño bebe claramente de los primeros Panerai Radiomir de finales de los años treinta y principios de los cuarenta de caja tipo cojín, asas de alambre, gran legibilidad, esfera limpia y una estética eminentemente instrumental. Es un reloj contemporáneo que evoca aquella generación de relojes militares sin ser una copia directa.
Aquí encontrarán la historia de la marca a manos del dueño y creador de la misma:
https://magrette.com/our-story/TheBeginning
El Magrette Moana Pacific Professional Limited Edition Automatic 44 mm 500 m es un reloj cuya identidad está profundamente ligada a Nueva Zelanda. A diferencia de muchas micro marcas que simplemente fabrican relojes de buceo, Magrette ha construido una narrativa basada en la cultura neozelandesa y polinesia.
Aquí en la web de la marca:
https://magrette.com/shop/moana-pacific-professional-steel-pre-order
Su caja tipo cushion recuerda tanto a relojes clásicos de inmersión como a instrumentos náuticos robustos, pensados para el mar.
La gran corona roscada, el bisel prominente en este caso con inserto de acero inox, sus robustas asas, los 500 metros de resistencia al agua y su válvula de helio, refuerzan esa idea de reloj herramienta creada para un uso intensivo y profesional.
Su diámetro es de 44mm como era de esperar de sus ascendencia Panerai, al igual que sus asas arrojan una distancia de 24mm también a tono con dicha marca.
El movimiento es un STP1-11 es una alternativa suiza al clásico ETA 2824-2 y al Sellita SW-200. Ofrece mejoras en reserva de energía y precisión.
Tabla comparativa
| Característica | ETA 2824-2 | Sellita SW-200 | STP1-11 |
|---|---|---|---|
| Reserva de marcha | 38 - 40 horas | 38 - 41 horas | 44 horas |
| Rubíes (Joyas) | 25 | 26 | 26 |
| Precisión de fábrica | (\pm 12) a (\pm 30) seg/día | (\pm 12) a (\pm 30) seg/día | -3 a +7 seg/día |
| Origen | Grupo Swatch | Sellita | Swiss Technology Production |
Lo que distingue a Magrette también es la colaboración con artistas locales y la promoción de proyectos vinculados a la comunidad neozelandesa, incorporando elementos culturales auténticos en varias de sus ediciones limitadas.
El Moana Pacific puede verse como una interpretación contemporánea del reloj de buceo desde una perspectiva del Pacífico Sur.
Se trata de un reloj muy polivalente, serio a la vez con un nivel de deportividad muy importante, robusto, que evidentemente dice “estoy aquí” pero que a la vez tiene un nivel de discreción agradable. No es un reloj llamativo. Como me gusta decir, cualquier tarea que emprendas sabrás que el Moana estará preparado, (y encantado) de acompañarte.
Espero les haya gustado y gracias por leer.





















































