Hoy mirar el reloj mientras alguien habla suele ser una forma bastante poco sutil de decirle que se está enrollando… Pero he descubierto que hubo una época en la que no hacía falta disimular…
El reloj estaba al lado del que hablaba y lo podía mirar todo el mundo.
En muchas iglesias, sobre todo después de la Reforma, comenzaron a colocarse relojes de arena junto al púlpito para controlar la duración de los sermones. Había que predicar… pero tampoco hacía falta castigar a los fieles eternamente. Lutero ya había advertido en 1523 contra los oficios demasiado largos.
Y algunos eran bastante más sofisticados que el típico reloj de arena de cocina… Por ejemplo este, conservado en Alemania, tiene cuatro, que permitían seguir cuartos de hora hasta completar una hora. De esa manera el predicador sabía cuánto llevaba… y la congregación cuánto le quedaba por aguantar.
La cosa debía de ser suficientemente reconocible como para que William Hogarth la utilizara en 1736 en su grabado The Sleeping Congregation. El sermón continúa, el reloj de arena ya se ha vaciado… y buena parte de los fieles están literalmente dormidos.
Pero lo mejor me lo he encontrado mucho más cerca. El 14 de octubre de 1639, Diego de Tejada se examinaba para conseguir una canonjía en la catedral de Santo Domingo de la Calzada. Parte del examen consistía en predicar durante una hora y, para medirla, colocaron un reloj de arena… Tejada empezó a predicar… pero estaba enfermo y tuvo que parar antes de terminar.
Y aquí viene la parte maravillosa: mandaron detener el reloj de arena y enseñaron públicamente cuánto tiempo le faltaba. El acta dejó constancia de que aún quedaba aproximadamente medio cuarto de hora. El pobre Tejada tuvo incluso que justificar después por escrito que tenía calentura y pedir que le dejasen repetir el sermón. … eso sí… Al final consiguió la canonjía.
Así que la próxima vez que alguien mire el reloj mientras habláis… pensad que podría ser peor… Podríais tener un reloj de arena al lado y toda la sala mirando cómo cae hasta el último grano.
Hay sermones tan largos que parecen una legislatura.
Fuera de la liturgia también se pueden dar casos en que es necesario poner un chisme de esos para hacer notar al ponente que se está haciendo cuesta arriba mantener la concentración
Ahora que pienso,me viene a la memoria,por ejemplo Fidel Castro, seguro que muchos hubiesen agradecido unos relojes así. Y así con otros muchos oradores más.
Interesante y curiosa aportación. Es algo que desconocia. En la actualiad más que relojespara medir el tiempo, en algunos lugares publicos, lo que haria falta es agún tipo de medidor de calidad y contenido de la oración. Vease, parlamentos, senados…
Mucjas gracias por la aportación. Te estás ganando (si no lo has hecho ya) la nominación al Oscar al mejor guion del Foro Hablemos de Relojes.
Gensanta, que presión… hasta el último grano. Hilo muy guapo y muy curioso. Del cura no compré yo su reloj, compré su Lambretta con la que recorría algunos pueblos de la zona media de Navarra.
La famosa moto del cura, utilizada para ir a misa los domingos jejeje
Muy buen post, muy interesante y algo que desconocía.
Aún recuerdo de chaval que fuimos monaguillos por el tiempo de la comunión, la misa empezaba a y media, y a en punto estaban nuestros Casios f91w trinando, nos encantaba sincronizarlos.
Con el silencio y la acústica del lugar sonaban (o nos parecía) muy alto y agudo.
Yo he pensado en el mismo. Y le he preguntado a la IA
El discurso más largo registrado de Fidel Castro duró siete horas y cuarto (7 h 15 min), pronunciado ante la Asamblea Nacional cubana el 26 de febrero de 1998, tras ser reelegido presidente del Gobierno hasta 2003
Unos 30 kilos de arena me dice que harían falta para medir semejante soliloquio.