“Jewel Wars”: La Fiebre por los Rubíes

A lo largo de la historia de la relojería, gran parte de las innovaciones se desarrollaron gracias a los avances tecnológicos y al deseo de satisfacer tanto a usuarios especializados como a personas comunes. En el caso de los relojes de pulsera, por ejemplo, muchas de estas innovaciones respondieron a necesidades prácticas del usuario cotidiano, buscando ofrecer soluciones ingeniosas, honestas y al alcance de todos. Algunas de estas propuestas, que exploraremos en una serie de hilos divagatorios (el primero se puede leer aquí), muestran cómo la relojería buscó formas creativas de mejorar la vida diaria sin elevar innecesariamente los precios. Sin embargo, hoy nos centraremos en una tendencia que siguió un camino muy distinto.

Las “Jewel Wars” o Guerras de los Rubíes constituyen un episodio fascinante y peculiar en la historia de la relojería, caracterizado por una intensa competencia entre los fabricantes de relojes para aumentar el número de joyas (principalmente rubíes sintéticos) en sus movimientos. Esta práctica alcanzó su apogeo en las décadas de 1950 y 1960, cuando las marcas buscaban sobresalir y ganarse la confianza del público mediante una estrategia de marketing que implicaba aumentar la cantidad de rubíes en el mecanismo de los relojes. Aunque en su origen los rubíes cumplen un papel esencial en la durabilidad y precisión del mecanismo, el número de joyas aumentó de manera poco funcional y, en muchos casos, engañosa, como una medida de prestigio y diferenciación en un mercado cada vez más competitivo.

De 1…


…a 100.

Joyas naturales

El uso de joyas en relojería comenzó en el siglo XVIII, cuando los relojeros empezaron a enfrentar problemas derivados de la fricción en los mecanismos de sus relojes. Los movimientos mecánicos, que se basan en un sistema de engranajes para medir el paso del tiempo, tienen múltiples puntos de contacto donde las piezas se rozan entre sí. Este roce genera fricción, lo que provoca desgaste en las piezas y afecta la precisión del reloj con el tiempo. Para reducir la fricción y mejorar la longevidad y precisión del mecanismo, los relojeros empezaron a buscar soluciones que implicaban materiales extremadamente duros y resistentes al desgaste.

Durante este periodo, se experimentó con diversas piedras preciosas —como diamantes, zafiros y esmeraldas— y, finalmente, los relojeros encontraron que el rubí era ideal. Los rubíes no solo ofrecían una superficie lisa y extremadamente dura, sino que también eran resistentes a la presión y al calor, propiedades que los convertían en excelentes rodamientos para los puntos de contacto en el movimiento de un reloj. Sin embargo, en sus inicios, estos rubíes eran naturales, lo cual hacía que su adquisición e integración fuera cara y poco viable para los relojeros comunes, quedando limitado a relojes de lujo.

Curiosamente, los primeros intentos de implementar esta innovación en relojería no estuvieron libres de conflicto. El 1 de mayo de 1704, Nicolas Fatio de Duillier, joven matemático de origen suizo y amigo cercano de Isaac Newton, junto con los relojeros londinenses Peter y Jacob Debaufre, obtuvieron una patente de 14 años para un método de fabricación de cojinetes de joyas mediante la perforación de rubíes. Sin embargo, el 11 de diciembre de ese mismo año, el Tribunal de la Worshipful Company of Clockmakers (Venerable Compañía de Relojeros, fundada en 1631 para regular el comercio de relojes en Londres y sus alrededores) recibió la noticia de que Fatio y los Debaufre habían solicitado a la Cámara de los Comunes una ley para otorgarles el derecho exclusivo de utilizar “piedras preciosas y otras más comunes” en los relojes, y así extender su patente inicial.

Esta petición, que parecía buscar un monopolio absoluto sobre el uso de joyas en relojería, fue rápidamente rechazada por la Compañía de Relojeros. Como parte de su oposición, la Compañía presentó ante un comité de la Cámara de los Comunes un reloj antiguo, con el nombre del relojero Ignatius Huggerford y fechado en 1675, que contenía una piedra sobre el pivote del volante. Esta evidencia fue clave para persuadir al comité de rechazar el proyecto de ley en enero de 1705, demostrando que el uso de piedras en mecanismos relojeros no era un concepto nuevo.

La Compañía de Relojeros consideró esta pieza de evidencia tan crucial que adquirió el reloj de su propietario, Henry Magson, por 2 libras y 10 chelines, y lo puso bajo custodia del Maestro de la Compañía para protegerse en caso de futuras disputas legales con Fatio y los Debaufre. Además, entregaron diez chelines a William Scale, quien compareció ante el comité y declaró haber poseído el reloj antes de la fecha de la patente, vendiéndolo posteriormente a Magson.

En el siglo XIX, el reloj de Huggerford fue examinado nuevamente por E. J. Thompson, miembro de la Compañía de Relojeros, quien observó que el movimiento no contenía joyas auténticas, sino que los orificios estaban hechos de latón y una pieza de vidrio coloreado o una piedra blanda se insertaba en un disco de plata para imitar el aspecto de joyas verdaderas. Esta revisión sugiere que, si Fatio y los Debaufre hubieran limitado su patente al proceso específico de perforación de rubíes, podrían haber tenido éxito. Sin embargo, al intentar extender su patente a un monopolio sobre cualquier tipo de joya en los relojes, su ambición resultó excesiva y su solicitud fue finalmente rechazada.

Joyas sintéticas

Un avance crucial en la relojería fue la invención del rubí sintético. Alrededor de 1883, el científico francés Auguste Verneuil inventó un método para fabricar grandes cristales sintéticos de óxido de aluminio. Estos cristales, cuando son puros, son incoloros; sin embargo, al añadirles pequeñas cantidades de cromo, adquieren un intenso color rojo, convirtiéndose en rubíes sintéticos. Los primeros rubíes sintéticos utilizados en relojería, conocidos como “rubíes de Ginebra”, comenzaron a comercializarse en 1886.

Los cristales creados por Verneuil fueron exhibidos en la Exposición Universal de París en 1900, aunque el científico no reveló su innovador proceso de fabricación, conocido como “fusión de llama”, hasta 1902. Para el momento de su muerte en 1913, a los 57 años, el proceso de Verneuil se empleaba a gran escala, produciendo alrededor de 10 millones de quilates de rubíes sintéticos al año, lo que supuso una revolución en la industria relojera y otras aplicaciones industriales.

En 1916, el químico polaco Jan Czochralski desarrolló un nuevo método de cultivo de cristales individuales, un proceso rápido y económico que producía cristales impecables y de una transparencia tal que podían confundirse con el vidrio. Desde entonces, los gemólogos examinan estos cristales en busca de inclusiones, una forma de distinguir los rubíes naturales de los sintéticos. El método de Czochralski se utiliza principalmente en la fabricación de rubíes industriales, que siguen siendo esenciales en sectores como la relojería de precisión.

Gracias a los rubíes sintéticos, los relojeros podían mejorar sus movimientos sin aumentar significativamente el precio final del reloj, lo que hizo que los rubíes sintéticos se convirtieran en un componente estándar de los movimientos mecánicos de alta calidad. Esto también permitió a las empresas relojeras producir en masa relojes con mayor precisión y menor desgaste, y poco a poco el uso de rubíes se volvió habitual en las líneas de producción.

Función de los Rubíes en un Reloj Mecánico

En un movimiento de reloj mecánico, los rubíes se colocan en puntos específicos donde se experimenta la mayor fricción y el desgaste más rápido. Estas posiciones incluyen:

  • Los pivotes de los ejes de los engranajes: Los engranajes rotan sobre estos pivotes, y los rubíes en estos puntos reducen la fricción, permitiendo que el movimiento fluya de manera más suave.
  • El escape: Esta es la parte del mecanismo que controla el flujo de energía desde el resorte principal hasta los engranajes, lo que a su vez regula el movimiento de las manecillas. El escape es especialmente susceptible a la fricción, y el uso de rubíes en esta parte asegura que el movimiento se mantenga preciso a lo largo del tiempo.
  • Otros puntos de fricción en los engranajes: En los movimientos más complejos, como los automáticos, los rubíes también se colocan en otros puntos clave donde el desgaste puede ser significativo.

Como vemos, los rubíes en estos puntos funcionan como rodamientos que minimizan la fricción y el desgaste, manteniendo las piezas alineadas y reduciendo la cantidad de lubricante necesario en el movimiento.

Ahora bien, ¿cuál es el número de joyas necesarias en un reloj? Pues básicamente dependerá del diseño y la complejidad del movimiento. En un reloj mecánico básico, que mide solo horas, minutos y segundos, el número óptimo de joyas suele estar entre 15 y 17. Este número incluye las joyas necesarias para el escape y los engranajes principales. En los relojes automáticos, que tienen un sistema adicional de carga que aprovecha el movimiento de la muñeca para enrollar el resorte, se requieren unas pocas joyas adicionales, llevando el total a entre 21 y 27 en la mayoría de los casos.

En el caso de los relojes con múltiples complicaciones (por ejemplo, cronógrafos o calendarios perpetuos), el número de joyas puede aumentar para cubrir los puntos adicionales de fricción en las funciones secundarias. Estos movimientos complicados pueden requerir 30, 40 o incluso más rubíes en casos extremos como podría ser la pieza fabricada por Patek Philippe entre 1925 y 1932 por encargo del banquero y coleccionista estadounidense Henry Graves Jr., un reloj con 70 joyas para asegurar el buen funcionamiento de sus 24 complicaciones.

En 1989, Patek Philippe presentaría su Calibre 89, una pieza conmemorativa y evolución del Graves, ahora con 33 complicaciones y 129 joyas. Y 27 años más tarde, en 2015, sería Vacheron Constantin quien presentaría su Ref. 57260, una pieza con 242 joyas y 57 complicaciones.

Pero regresando a niveles más mundanos, como vemos, para un reloj normal deberían bastar entre 15 y 27. Tanto es así que ya el gran Webb C. Ball criticaba en sus anuncios el uso excesivo de joyas, calificando al exceso como “smokestack jewels” (joyas de chimenea).

Joyas de chimenea

Un engrasador es necesario y vital en algunos puntos, pero ningún fabricante de locomotoras pondría un engrasador en la chimenea. Las joyas son los engrasadores de un reloj: 17 o 19 aseguran la hora correcta, 5 ó 6 más están “en la chimenea”.

Al comprar una máquina, adquiérala fuerte y simple: las piezas inútiles implican complicaciones y una construcción delicada; aumentan el coste inicial y el coste posterior de mantenimiento.

Los relojes Ball son máquinas simples y resistentes: sin joyas innecesarias, sin facturas de reparación innecesarias. Buenos guardatiempos y amigos seguros para toda la vida.

The Webb C. Ball Watch Co.

Así pues, en este contexto, el número de joyas es un reflejo de la calidad del mecanismo, siempre y cuando esas joyas se empleen en posiciones necesarias. Sin embargo, el uso de un mayor número de rubíes no aporta necesariamente beneficios adicionales en términos de precisión o durabilidad, especialmente si se colocan en zonas que no experimentan fricción significativa.

Ahora bien, ¿qué sucedió entonces para que no pocos miembros de la industria relojera se olvidaran de esta visión pragmática y se lanzaran en una loca carrera por el rubí?

Primeros Años de Competencia: Suiza y Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, Suiza y Estados Unidos eran los principales actores en la producción de relojes de calidad. Suiza, conocida por su pericia en la fabricación de relojes mecánicos, dominaba el mercado de lujo y se caracterizaba por sus complejos movimientos y su diseño detallado. En contraste, Estados Unidos, con marcas como Waltham y Elgin, adoptó un enfoque más industrial y funcional, impulsando la producción en masa de relojes robustos y accesibles.

Durante este periodo, las compañías relojeras de ambos países buscaron métodos para diferenciarse en el mercado. El uso de joyas, que era inicialmente costoso, comenzó a tener un atractivo creciente, especialmente una vez que se introdujeron los rubíes sintéticos. Esto permitió que los relojeros pudieran integrar estas piedras en los movimientos de sus relojes sin un coste elevado.

La primera “ola” de relojes con joyas se dio en las décadas de 1920 y 1930, cuando algunas marcas comenzaron a promocionar relojes con más de las 15-17 joyas tradicionales, llegando a 19 y 21. Esto atrajo la atención de consumidores que asociaban más rubíes con un mecanismo de mayor calidad, durabilidad y precisión.

Jewel Wars: Publicidad y Exceso

La verdadera competición comenzó a finales de la década de 1940, cuando las marcas suizas y estadounidenses intensificaron sus esfuerzos de marketing en torno al número de joyas en sus movimientos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la bonanza económica de los años 50 trajo un incremento en el consumo y un renovado interés por los bienes de lujo y las innovaciones tecnológicas. En este contexto, las “Jewel Wars” cobraron fuerza: las marcas de relojes aprovecharon el entusiasmo del público por lo “nuevo” y lo “mejorado” para captar consumidores ansiosos por gastar.

El número de rubíes en los movimientos pasó a ser una herramienta clave de marketing, utilizada para sugerir mayor precisión y calidad, aunque en muchos casos no aportaba beneficios funcionales reales. Empresas como Bulova, Hamilton, Elgin y Waltham promovieron la idea de que un mayor número de joyas equivalía a un reloj superior, creando en el consumidor la creencia de que más rubíes eran sinónimo de mayor prestigio y fiabilidad. Esta estrategia publicitaria provocó una auténtica “escalada” en el número de rubíes, convirtiéndolo en un símbolo de estatus que alimentaba la fiebre de consumo de la época.

Empresas como Bulova lanzaron el icónico Bulova 23, un modelo que destacaba de forma bien visible sus 23 rubíes.

La publicidad afirmaba que esta mayor cantidad de joyas mejoraba la precisión y longevidad del reloj, aunque en realidad muchos de estos rubíes no eran necesarios para el funcionamiento del mecanismo y estaban colocados en puntos que no sufrían un desgaste significativo. Hamilton y Waltham siguieron su ejemplo, incrementando el número de joyas en sus relojes y publicitando las ventajas, a menudo exageradas, de estas adiciones.

Es difícil precisar quién dio el primer paso en esta desenfrenada carrera por añadir rubíes, pero una vez que la competencia comenzó, nadie quería quedarse atrás, aun sin cuestionarse si realmente valía la pena. Aquí vemos, por ejemplo, la evolución dentro de la publicidad de la marca Helbros. En 1951 estaban orgullosos de sus “17 lifetime ruby jewels” (17 joyas de rubí para toda la vida);

en 1959 ya eran 21, 25, 30, 49,…

pero en 1960 se llegaba a los 61!

Otro ejemplo de esta tendencia al alza la podemos observar en el Festina Fielmaster, un modelo que pasaba de 25 a 41.

Pero los ejemplos son numerosos, y no solo en el mercado europeo o norteamericano, con cantidades de joyas cada vez más elevadas y difíciles de justificar en términos puramente funcionales.

Lógicamente, ante tal incremento y por una simple cuestión de espacio disponible, los relojes llegaron a incluir joyas en piezas decorativas o en lugares inusuales, como los puentes de los movimientos o en engranajes que no necesitaban rodamientos. Estos rubíes adicionales no solo carecían de función práctica, sino que en algunos diseños, al interferir con la arquitectura original del movimiento, incluso afectaban negativamente la precisión y la fiabilidad del reloj. Por no hablar de cuando simplemente se usaban para maquillar calibres por otro lado bastante modestos.

En el punto álgido de esta fiebre por los rubíes se llegaron a fabricar relojes con hasta 100 joyas, una cifra exagerada utilizada exclusivamente como herramienta de marketing y que ilustra perfectamente esta desbordada tendencia. Orient, que anteriormente había lanzado su Grand Prix 64, pronto se vio superado por otros fabricantes que promocionaban modelos con hasta 88 joyas. En respuesta, la marca presentó su Grand Prix 100, un reloj con el calibre 661, que incluía 89 rubíes y 11 zafiros sintéticos.

No obstante, es importante destacar que, aunque tanto el Grand Prix 64 como el Grand Prix 100 contaban con una gran cantidad de joyas que cumplían una función mayormente estética, ambos eran relojes de primera línea con excelentes capacidades técnicas. Por ejemplo, alcanzaban el grado cronómetro gracias a la técnica de ajuste fino que utilizaban. Eran el puro derroche de neón de la noche de Tokio, pero sin perder de vista la precisión y eficacia japonesas.

En contraste, el otro reloj con 100 joyas representaba más bien un ejercicio de pura extravagancia, similar al ambiente de un casino en el Strip de Las Vegas. Waltham, también había culminado su febril carrera con un movimiento de 100 joyas que usaría en varios modelos, pero en su caso, no innovó: simplemente modificó un movimiento ETA-1700 de 17 joyas, añadiendo un rotor con las 83 joyas restantes, llevando así una práctica común al extremo.

La Respuesta de la FTC y el Final de las Jewel Wars

Hacia principios de los 60, las prácticas publicitarias engañosas que caracterizaban las “Jewel Wars” comenzaron a ser cuestionadas, especialmente en Estados Unidos. Finalmente, la Federal Trade Commission (FTC), o Comisión Federal de Comercio, decidió intervenir para regular las prácticas publicitarias en la industria relojera y limitar la asociación entre el número de joyas y la calidad de los relojes. La FTC emitió directrices que prohibían a las empresas publicitar sus relojes basándose únicamente en el número de joyas, a menos que pudieran justificar que cada una de ellas cumplía una función específica en el movimiento.

Estas regulaciones marcaron el declive de la fiebre del rubí, ya que las compañías no podían seguir añadiendo joyas innecesarias ni promoviendo el número de rubíes como un estándar de calidad. Como resultado, la cantidad de joyas en los relojes volvió a los niveles funcionales de entre 17 y 25 en la mayoría de los casos. Esto ayudó a estabilizar el mercado y a reenfocar la atención en la calidad real de los movimientos, dejando atrás el exceso y la exageración de las Guerras de los Rubíes.

Legado de las Jewel Wars

Aunque las Guerras de los Rubíes llegaron oficialmente a su fin en los años 60, este episodio dejó una lección clara sobre el poder del marketing y la influencia de la percepción pública en el sector del lujo, además de resaltar la necesidad de una regulación eficaz para evitar prácticas engañosas. Hoy en día, tanto los fabricantes como los consumidores están mejor informados y se centran en aspectos técnicos más relevantes, como la precisión, la calidad de los materiales y la innovación en los movimientos. Sin embargo, eso no significa que, de vez en cuando, no surjan novedades que nos hagan sentir como si estuviéramos nuevamente ante vendedores de crecepelo.

Hoy en día, el uso de rubíes sintéticos sigue siendo fundamental en los movimientos mecánicos de alta gama. Este uso se ha estabilizado en un número funcional y óptimo de joyas, generalmente entre 17 y 25 en los modelos más simples, y puede superar las 40 en relojes con complicaciones avanzadas, como cronógrafos y calendarios perpetuos. Los avances en la fabricación también han mejorado la precisión en la colocación de las joyas, reduciendo la fricción mediante el uso de materiales complementarios y técnicas más sofisticadas.

Actualmente, algunos fabricantes exploran alternativas como los cojinetes de cerámica y los componentes de silicio, materiales que ofrecen baja fricción y alta durabilidad, especialmente en los relojes de alta gama y diseños innovadores. Sin embargo, el rubí sintético sigue siendo el estándar en la mayoría de los movimientos mecánicos debido a su eficacia comprobada y su coste relativamente bajo en comparación con otros materiales.

No obstante, las “Jewel Wars” dejaron una huella indeleble en la historia de la relojería, que podemos rememorar cada vez que nos encontramos con uno de esos “enjoyados” modelos vintage. Nos recuerdan cómo la competitividad, en su afán por destacar, puede impulsar tanto la innovación como los excesos en una industria.

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NOTA: Incluyo a continuación unos apuntes muy pertinentes aportados por el compañero @miquel99, que corrigen, aclaran y enriquecen ciertos puntos.

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Maravilla de tena, me encanta.

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Muchas gracias Sergi por est
e artículo tan interesante.
Una vez más

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Buenos dias
Estamos rodeados de compañeros con mucho, que digo muco, muchiiiiisimo arte, genio y sabiduria.
Que informacion mas entretenida.
Y ayer deje otros dos a medias que esper acar hoy. La verdad que yo seria incapaz de hacer un hilo asi.
Un abrazo y mis felicitaciones a estos grandes desarrolladores de temas
Un abrazo.

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Un post de primer nivel, con abundancia de conocimiento.

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¡Mis “dieces”!
Qué nivelazo. Muchísimas gracias.

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Casualidad que hace unos días leía un artículo algo similar , sobre el aumento artificial de Rubis en los relojes y ponían como ejemplo de este cachondeo a Orient que sacó un cien rubís y las malas lenguas hablan que lo hizo como diciendo queréis rubís pues ahí tenéis rubís.


La evidencia creo que la foto lo explica

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Fantástico artículo … nos tienes demasiado bien acostumbrados … chapeau

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Gracias por esta fantástica lectura con el primer café.
:clap::clap::clap:

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Que articulo mas ameno, gracias @Sergi_c05 por tu tiempo y dedicación.

Realmente todo se resume como sigue pasando hoy en día, “a ver quien la tiene mas grande”.

Por desgracia, es una estrategia comercial de la que se sigue abusando a destajo.

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Creo firmemente que nuestro foro es mucho mejor gracias a ti y a tus regalos en forma de hilos/artículos. Gracias !!

Ahora, modo “abuelo Cebolleta” ON:
De los rubís, recuerdo cuando era chaval, en el colegio, que se tenía como creencia que un reloj era “más bueno” cuanto más rubís indicara. Evidentemente no teníamos ni idea de lo que eso significaba. Por cierto, con mi Osaki de 32 rubies, ganaba a todos los Duward de los demás compañeros… :laughing:

Modo “abuelo Cebolleta” OFF:

Gran post, como siempre. :clap: :clap: :clap: :clap: :clap:
A sus pies compañero @Sergi_c05

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Genial post, como siempre en el punto medio está la virtud

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Muy muy muy Interesante…

Lo dejo en pendiente y lo acabo con tranquilidad .

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Genial, muchas gracias por compartir.
Y muy bueno lo del Orient Grand Prix 100. Así se puede llegar a 1000 rubís y más si se quiere.

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Magnífico artículo. Algo había leído sobre el tema, pero nunca de una forma tan exhaustiva ni tan bien organizada. Mis más sinceras felicitaciones y agradecimiento.

Es curioso que, a fecha de hoy, tenemos algo parecido con los megapíxeles de las cámaras de los móviles.

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Fantástico artículo Sergi! unos pequeños apuntes… A principios del 18, se utilizaban exclusivamente diamantes en el eje del volante y solo a finales del mismo, se fabricaron elementos en Rubí para ciertos escapes, como el duplex en UK o el cilindro en Francia ( Breguet). A mediados del XIX aparecieron los relojes denominados Liverpool windows, con una piedras tan grandes que dejaban pasar la luz, para inspeccionar los ejes. Estas piedras era de cristal de cuarzo en los relojes más económicos, como de la familia del Corindón en los de precio más elevado. La verdadera primera guerra de los Rubís, empezó en USA a finales del XIX, donde se llegaron a contabilizar relojes con 25 joyas, léase una combinación de Rubís, diamantes y zafiros y todas ellas funcionales. En sus primeros estadios el Rubí sintético, era bastante más caro que las piedras naturales. Es una falsa creencia que los relojes con más Rubís, sean “mejores” que los que llevan más! un buchón de latón o de acero bien aceitado hace la misma función.
PD De donde sacas tus fuentes? estaría muy bien que las nombrases!

Nombro las mías

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He mirado en wikipedia @Sergi_c05 y sale tu foto.
Muchas gracias por compartir tus conocimientos
:hugs::hugs::hugs:

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Me postro a sus pieses @Sergi_c05

Como dicen por ahí arriba, eres un gran activo para el foro, sin ti habría déficit de contenido.

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Quiero agradecer, sinceramente, todos vuestros comentarios y generosas palabras. Al escribir estos hilos o publicaciones, mi intención no es otra que compartir lo que he ido descubriendo y aprendiendo en el proceso de escritura cada vez que me da por perseguir un tema. No soy un experto en relojería, y ni de lejos es este mi campo profesional, ni siquiera mi principal afición; simplemente soy un entusiasta de los relojes que disfruta explorando estas historias. No busco presentar investigaciones exhaustivas o académicas, sino ofrecer ideas, sugerencias y puntos de partida para aquellos que, como yo, sientan curiosidad por este fascinante mundo.

Si, por ejemplo, tras leer el hilo alguien se interesa por el Grand Prix 100 y decide investigar más a fondo sobre esos calibres de Orient o la historia de la marca, ya consideraría esa curiosidad una recompensa en sí misma.

Aprovecho para dar las gracias especialmente a @anon86768095 por enriquecer el hilo con sus observaciones tan precisas y bien fundamentadas. Si me lo permites, me gustaría añadir tus comentarios al final del texto, para que los futuros lectores puedan acceder a ellos sin necesidad de desplazarse hasta tu respuesta. La verdad es que, en un principio, mi intención era simplemente comentar algunos modelos de reloj de pulsera que destacaban por su elevado número de “joyas”. Más adelante, pensé que también sería útil contextualizar brevemente el uso de rubíes y la invención de piedras sintéticas en la relojería. Sin embargo, no se me ocurrió profundizar en los relojes de bolsillo y sus antecedentes históricos.

Por eso, tus aportaciones son tan valiosas: no solo ayudan a corregir y aclarar conceptos, sino que también abren nuevas perspectivas y aportan datos que yo desconocía por completo. ¡No tenía idea de que estaba abordando la Segunda “Guerra de los Rubíes” y había pasado por alto la Primera! Así que, nuevamente, mi gratitud por todo lo que aportas.

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Espero que al menos será esta :sweat_smile:

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Veo un paralelismo en la guerra de los rubís y la que actualmente se libra en los coches respecto a los caballos de potencia. Estoy intrigado en saber hasta cuando durará, y cual será el número de CV que marcará el punto de inflexión. No alcanzo a comprender para que se necesitan 1000cv, o incluso más, en un vehículo “de calle”.
Y que conste que me gusta conducir, la mecánica y el automovilismo. Pero no por ello dejo de ver lo absurdo en la escalada de potencia.

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