Por si no os habíais enterado este domingo toca cambiar la hora otra vez
A las tres serán las dos y tendremos una hora más para dormir, que tampoco está nada mal.
Pero hoy quería contaros algo que yo al menos hasta que me metí a investigarlo no sabía. Porque esto de adelantar y atrasar los relojes lleva más de un siglo dando dolores de cabeza. Y hubo inventores que se tomaron el asunto muy, pero que muy en serio. ![]()
Antes de ponerme con el tema, he estado buscando por el foro como hago siempre para comprobar si ya habíamos hablado de estos inventos. He encontrado varios hilos sobre el cambio de hora, pero ninguno dedicado específicamente a los mecanismos que se idearon antiguamente para solucionarlo. Aunque ya sabéis cómo funciona el buscador… ![]()
Eso sí, me he encontrado con el interesante hilo «Un reloj… pour le Général», donde se habla, entre otras cosas, de los horarios durante la Segunda Guerra Mundial y del peculiar doble horario de verano británico. Os recomiendo echarle un vistazo porque tiene bastante relación con lo que vamos a ver aquí.
Pero yo quería ir por otro camino. No tanto por qué se cambiaba la hora, sino por los relojes y mecanismos que algunos inventores patentaron para evitar tener que andar ajustándolos dos veces al año… Y os adelanto que hay soluciones verdaderamente curiosas. ![]()
Para entenderlo tenemos que remontarnos a finales del siglo XIX. En 1895, el entomólogo neozelandés George Vernon Hudson ya había planteado adelantar los relojes durante los meses de verano. Y no una hora, sino dos. Por lo visto, el hombre quería disponer de más luz por las tardes para dedicarse a sus aficiones. ![]()
Pero quien popularizó la idea fue William Willett, un constructor británico que en 1907 publicó un folleto titulado The Waste of Daylight, algo así como «El desperdicio de la luz del día».
Su propuesta consistía en aprovechar mejor las horas de luz. Hasta aquí, todo normal. Lo curioso era cómo pretendía hacerlo… Willett quería adelantar los relojes veinte minutos durante cuatro domingos consecutivos de abril y retrasarlos de la misma manera en septiembre.
Es decir, ocho cambios de hora al año y un adelanto total de ochenta minutos. Porque hacerlo dos veces y con números redondos debía de parecerle demasiado sencillo. ![]()
La propuesta no prosperó entonces en el Reino Unido, pero al otro lado del Atlántico hubo quien decidió probar algo parecido… Y aquí aparece una historia bastante curiosa que nos lleva a Port Arthur, una localidad canadiense situada a orillas del lago Superior, en la provincia de Ontario.
En 1908, un empresario local llamado John Hewitson impulsó la idea de adelantar los relojes durante el verano… El hombre era aficionado al deporte y a las actividades al aire libre, y quería disfrutar de más luz por las tardes. Como todavía no había encontrado la manera de convencer al Sol para que se pusiera más tarde, decidió que sería más fácil cambiar la hora. ![]()
Port Arthur utilizaba entonces la hora central de Norteamérica. La propuesta consistía en pasar temporalmente a la hora del este, adelantando los relojes una hora, y recuperar después el horario anterior… El ayuntamiento aprobó una experiencia de este tipo en 1908, convirtiendo a Port Arthur en uno de los primeros ejemplos documentados de aplicación municipal del horario de verano.
Y la cosa no quedó ahí. ![]()
La población vecina Fort William también participó en aquellos debates horarios. Eran dos localidades prácticamente pegadas, con mucha actividad portuaria y ferroviaria, y cualquier diferencia de hora podía complicar bastante la organización. Es cierto que las fuentes históricas no coinciden del todo sobre las fechas y decisiones de cada ayuntamiento, pero sí sabemos que el experimento acabó teniendo consecuencias permanentes.
En 1910, la frontera oficial entre los husos horarios central y oriental se desplazó hacia el oeste, y ambas localidades quedaron dentro de la hora del este… Es decir, que lo que había empezado como una manera de disfrutar de las tardes de verano terminó formando parte de un cambio permanente de huso horario… Para que luego digan que cambiar la hora es sencillo. ![]()
Hoy Port Arthur y Fort William forman parte de la ciudad de Thunder Bay.
En 1916, en plena Primera Guerra Mundial, Alemania y Austria-Hungría implantaron el horario de verano a gran escala con la intención de ahorrar combustible.
Otros países siguieron su ejemplo. Y entonces apareció un pequeño inconveniente.
El cambio horario se convirtió también en protagonista de la publicidad. En Estados Unidos, donde se introdujo a escala federal en 1918, algunas empresas aprovecharon la novedad para sus campañas… Este anuncio de United Cigar Stores Company, de 1918, prometía una hora más de luz a cambio de una hora de oscuridad. Visto así, parecía un negocio redondo. Aunque a los relojeros seguramente no les hacía tanta gracia. ![]()
Porque los relojes de la época no tenían ni idea de cuándo empezaba el verano.
Había que ajustarlos a mano. Los de pared, los de bolsillo, los de las estaciones, los de las fábricas… Y no siempre era tan fácil como girar una corona…
Así que algunos inventores comenzaron a buscar soluciones. Y aquí es donde empieza lo verdaderamente interesante.
Uno de ellos fue Harry L. Shaw, un estadounidense de Lorain, Ohio, que en septiembre de 1919 solicitó una patente bastante curiosa. Se la concedieron el 19 de abril de 1921.
Su propuesta consistía en fabricar un reloj de bolsillo con una esfera de horas giratoria. De esta manera, se podía adelantar o retrasar una hora sin mover las agujas y sin alterar el funcionamiento del mecanismo.
La idea tenía su gracia. La escala de los minutos permanecía fija, mientras que la de las horas podía desplazarse y bloquearse en distintas posiciones mediante una pequeña lengüeta… El propio inventor explicaba que aquello resultaba útil al viajar entre husos horarios. Pero el mismo principio podía servir perfectamente para pasar de la hora normal a la de verano… Y lo mejor es que Shaw pretendía que el mecanismo pudiera incorporarse incluso a relojes ya existentes. No estaba mal pensado.
Y si lo de Shaw os parece ingenioso, esperad a ver lo que se le ocurrió a Robert C. McArthur.
En diciembre de 1922 solicitó una patente para un reloj que no necesitaba cambiar de hora. ¿El truco? Mostrar simultáneamente la hora normal y la de verano.
La patente se concedió el 3 de junio de 1924.
El aparato utilizaba varios discos superpuestos y una serie de pequeñas ventanas en la esfera. Por unas aberturas aparecían las dos horas locales y por otras podían consultarse las correspondientes a diferentes husos horarios estadounidenses. Los minutos tenían su propia indicación.
Y la cosa no terminaba ahí, porque el diseño también contemplaba mecanismos de accionamiento independientes para los discos… Vamos, que para saber si eran las tres o las cuatro, McArthur había diseñado algo que parecía el cuadro de instrumentos de un submarino. ![]()
Pero la idea era buena. En lugar de cambiar el reloj dos veces al año, bastaba con mirar la ventana adecuada… Y además, el inventor explicaba expresamente en su patente que pretendía evitar las confusiones entre el horario normal y el de verano.
Unos años después apareció otra propuesta que seguía una filosofía parecida… En mayo de 1930, Josef Pejchar solicitó una patente para un reloj capaz de indicar dos horarios diferentes en el mismo lugar. Se concedió el 6 de marzo de 1934. ![]()
Pejchar utilizaba dos escalas concéntricas de horas, desplazadas una respecto de la otra, y unos indicadores que permitían leer ambas… De este modo, una escala podía mostrar la hora normal y la otra la de verano. Sin cambiar las agujas y sin complicar demasiado el movimiento principal del reloj. Hasta aquí, bastante razonable.
Pero Pejchar también contempló indicaciones para otras ciudades e incluso un calendario accionado por el mecanismo. Ya puestos a complicar la esfera, que no faltara de nada.
Lo interesante es que el propio inventor proponía adaptar sus soluciones a mecanismos de relojería relativamente económicos.
De hecho, explicaba que podía utilizarse un movimiento parecido al de un despertador corriente, sustituyendo determinadas piezas e indicadores… No hacía falta fabricar un movimiento completamente nuevo.
Por cierto, durante aquellos años las normas del cambio horario eran un auténtico lío.
En Estados Unidos, por ejemplo, se había introducido en 1918, pero la obligación federal se derogó al año siguiente. Después hubo cambios durante la Segunda Guerra Mundial y diferencias entre localidades.
Imaginad intentar fabricar un reloj que cambiara de hora automáticamente cuando ni siquiera estaba claro qué día debía hacerlo en cada lugar… Más que un mecanismo relojero, aquello necesitaba una bola de cristal. ![]()
Y ahora viene uno de mis favoritos, porque demuestra que el problema del cambio de hora no se limitaba a los relojes mecánicos… En julio de 1956, Stephen R. Putnam solicitó una patente para un reloj de sol que pudiera corregirse, entre otras cosas, para mostrar la hora de verano.
Se la concedieron el 12 de agosto de 1958. Sí, amigos. Un reloj de sol. Porque alguien tenía que explicarle también al Sol que habíamos decidido cambiar la hora. ![]()
El mecanismo utilizaba un cilindro transparente que refractaba los rayos solares y producía una indicación luminosa sobre una esfera translúcida… El conjunto podía ajustarse para compensar la longitud geográfica, la diferencia entre la hora solar aparente y la hora media, y también el cambio estacional… Y todo ello sin utilizar un movimiento convencional.
Pero volvamos a los relojes con agujas, porque todavía quedaban soluciones bastante más retorcidas… En julio de 1967, Clark E. McMahill solicitó una patente para un mecanismo que permitía cambiar entre los dos horarios moviendo una sola palanca.
La patente se concedió el 29 de octubre de 1968.
La idea consistía en incorporar un sistema de engranajes que desplazara la aguja horaria exactamente treinta grados, el equivalente a una hora en una esfera de doce… Los minutos y los segundos seguían indicando correctamente el tiempo. Y la palanca tenía dos posiciones, una para el horario normal y otra para el de verano.
Así que, en lugar de andar dando vueltas a las agujas, bastaba con mover una pequeña palanca… No era un cambio automático en el sentido actual. Había que acordarse de accionarla. Pero sí una solución mecánica bastante ingeniosa.![]()
Por entonces también existía otro problema: los edificios que tenían decenas o incluso cientos de relojes. Imaginad una fábrica, un colegio o unas oficinas. Dos veces al año había que ir reloj por reloj cambiando la hora… Y como alguno estuviera colgado a cuatro metros del suelo, tocaba sacar la escalera. ![]()
En junio de 1971, Dana J. Blackwell solicitó una patente para solucionar precisamente este inconveniente. Se concedió el 11 de julio de 1972.
Su mecanismo utilizaba electroimanes para desplazar la aguja horaria una hora hacia delante o hacia atrás mediante una orden a distancia… Aquí ya empezamos a entrar en la relojería electromecánica, pero la solución seguía teniendo bastante de ingenio mecánico. ![]()
No era un reloj que consultase un calendario y decidiese por sí solo cuándo cambiar de hora. Era un sistema para que alguien pudiera ordenar el cambio sin tener que ajustar manualmente cada reloj individualmente.
Y así llegamos a 1975, con una de las soluciones que más me han divertido de todas las que he encontrado.
En junio de 1974 se presentó una patente, concedida el 5 de agosto de 1975, que describía un mecanismo de engranajes capaz de desplazar únicamente la aguja horaria, manteniendo correctamente la indicación de los minutos.
Hasta aquí, nada demasiado extraño. Lo bueno venía con una de sus variantes.
El mecanismo podía accionarse mediante un imán desde el exterior del reloj.
¿Y qué ocurría si el reloj estaba colgado demasiado alto para alcanzarlo cómodamente? Pues el propio documento proponía utilizar un imán sujeto al extremo de una vara. Sí, una vara. ![]()
Me imagino perfectamente al encargado de mantenimiento recorriendo un edificio, reloj por reloj, armado con un palo y un imán para cambiar la hora. A ver, La propuesta tenía su lógica, por supuesto. Permitía ajustar relojes situados en lugares elevados sin desmontarlos ni utilizar una escalera.
Además, el mecanismo estaba diseñado para que el cambio se realizara exactamente una hora y para evitar que alguien pudiera repetirlo accidentalmente en la misma dirección.
Y creo que aquí podemos terminar nuestro pequeño viaje… Después llegarían soluciones electrónicas cada vez más sencillas, relojes programables y sistemas capaces de corregir la hora sin intervención humana… Pero esa es otra historia bastante menos divertida.
Lo curioso es comprobar cuántas maneras distintas se idearon para resolver un problema que solo aparece dos veces al año.
Eso sí, conviene aclarar una cosa: los documentos que he ido poniendo son patentes originales. Demuestran que esos mecanismos fueron ideados y patentados, pero no necesariamente que todos llegaran a fabricarse o venderse.
Y después de ver algunas de estas soluciones, me alegro de que hoy baste con girar una corona. ![]()



























