La mañana era gris, apenas un resplandor de plata sobre el mar que parecía despertarse.
Algunas gaviotas sobrevolaban las crestas de las olas, recibiendo los frescos rociones de lluvia salada.
En el enorme barco de exploración, mientras surcaba el mar con un movimiento suave pero firme, por la fría y húmeda cubierta, el buzo avanzaba en silencio, cada paso sobre el acero mojado por las rociadas de toda la noche de travesía le parecía un susurro que marcaba el tiempo antes de la inmersión. El aire tenía un olor metálico, mezcla de sal y acero, ese aroma que antecede a todo descenso.
El buzo se dirigió por la pasarela de la amura jalonada de imbornales y norays para las estachas hasta llegar a la popa, donde reposaba el equipo, dispuesto con precisión casi ritual. Cada pieza no era solo un objeto: era un fragmento de vida asegurada bajo la presión aplastante de las profundidades.
Primero, las 4 botellas gemelas de acero inoxidable, pulidas y frías al tacto, ya cargadas con una mezcla trimix de oxígeno, helio y nitrógeno, calculada para una inmersión que superaría los sesenta metros. El helio, ligero como un susurro, reduciría la narcosis del nitrógeno, mientras el oxígeno equilibraba la respiración en un rango seguro. Con manos entrenadas, el buzo revisó los manómetros, las válvulas y los reguladores, asegurándose de que la presión fuera la exacta y de que no hubiera fugas. Cada giro de llave producía un sonido seco que cortaba el silencio de la cubierta.
Se inclinó para ajustar el chaleco compensador, esa segunda piel que le permitiría controlar la flotabilidad en un entorno donde el peso y la ligereza se confunden. Mientras el barco avanzaba surcando el mar la proa con la contundencia de un coloso, salpicando a la vez que desplazaba olas y espuma. El buzo pasó los brazos por las correas, ajustó los cierres, probó la válvula de inflado: un suspiro de aire confirmó que todo funcionaba. Después tomó el casco que contenía la gran la máscara de silicona de color negro flanqueada de acero inox con tornillos, revisó el conjunto faldón y boquilla integrados para grandes profundidades, el cristal grueso templado, las diferentes válvulas y tubos de la misma, y tras comprobar que todo estaba en su sitio, lo dejó reposar sobre el resto del equipo, listo para recibir el vaho de las primeras respiraciones y la presión del entorno.
A un lado, brillaba el profundímetro digital de seguridad, con su pantalla luminosa que marcaría cada metro ganado a la oscuridad. Junto a él, el ordenador de buceo, programado con los gases y las paradas de descompresión, esa guía electrónica que vigilaba cada segundo bajo el agua. El buzo comprobó los cálculos, repasando mentalmente las tablas de contingencia, el tiempo máximo de fondo, las presiones parciales. Una ecuación viviente que dependía de su disciplina.
Sobre la muñeca izquierda colocó su reloj de buceo Cronos, un instrumento ya clásico de grueso acero macizo, bisel giratorio e índices luminiscentes listos para brillar en la negrura de lo profundo. Giró el bisel con unos clicks precisos, alineando el triángulo de referencia con la aguja minutera para cronometrar el tiempo restante según los cálculos hasta llegar al punto de destino. A su derecha, se ajustó el compás de buceo, imprescindible para orientarse en un mundo sin horizonte, donde el norte es apenas un concepto en la oscuridad.
Luego vino el resto del equipamiento: las aletas de caucho negro, pesadas, de palas anchas para mover el agua densa de las profundidades; los guantes de grueso neopreno, que sellaban el calor y la piel; la linterna primaria, (además de las integradas en el casco), que revisó una última vez encendiendo un haz de potente luz blanca. En un bolsillo lateral guardó una linterna de respaldo, porque el océano no perdona el olvido.
Antes de cerrar el ciclo, se detuvo. El ritual exigía una pausa. Colocó la gruesa capucha térmica, se ajustó la traje seco, probó las válvulas de entrada y escape de aire. Una última revisión a las diferentes botellas correas y hebillas, a los latiguillos, a la presión en los manómetros. Nada debía quedar al azar.
Respiró profundamente. El aire, filtrado por el regulador de superficie, tenía un leve sabor metálico, promesa de lo que vendría. En ese momento, el mundo exterior se estrecharía: solo existirían su cuerpo, el mar, y el equipo que lo enlazaba con la vida.
Pronto el barco fue aminorando la marcha hasta que su inercia lo detuvo en el punto exacto. Se lanzaron las anclas al fondo, tras unos potentes chirridos de los dos barbotenes. Por otro lado, el personal auxiliar comenzó a operar el gran pescante que sostenía la plataforma que acompañaría al buzo hasta la superficie del mar.
Tras lo últimos preparativos, el buzo ya casi equipado para la inmersión, se sentó en el borde de la pesada superficie con sus barandas sujeta con gruesas cadenas que lo elevaría del barco hasta detenerse casi a ras del agua. La mar presentaba una superficie calmada y el viento era bonancible.
El buzo inhaló una fuerte bocanada de aire, como si fuese a ser la última en su vida, tras la peligrosa inmersión prospectiva, miró su reloj para ajustar de nuevo el bisel para medir con precisión el tiempo de inmersión en caso de fallo del ordenador principal, y tras girar de cabeza hacia el compás, fijó el Norte en su memoria. Ajustó la boquilla del regulador, probó una inhalación: el flujo de gas helio-oxígeno entró suave por su garganta húmeda, frío, casi sin peso.
Con un movimiento único, preciso y entrenado, se dejó caer hacia la inmensidad del abismo de reposaba bajo sus aletas. El mar lo envolvió de inmediato, un abrazo helado y denso. En su muñeca, el reloj comenzó su diálogo silencioso con el tiempo cronometrando la aventura que daba comienzo en la temprana hora de la fresca mañana. El profundímetro comenzó a registrar todos los datos del descenso. La linterna encendió su primera espiral de luz. Y el buzo, preparado con cada cálculo y cada herramienta, se adentró con toda la impedimenta de las 4 botellas, chaleco, linterna, manómetros, cuchillo, etc en el reino donde el hombre solo existe si respira con la exactitud de la máquina.
El primer contacto fue un latido en los oídos. Apenas rozó la superficie y el mar se cerró sobre su cabeza como una cúpula líquida, apagando de golpe el mundo superior. El sonido del barco, de los marineros, del viento, se desvaneció en un susurro lejano, sustituido por el ritmo acompasado de su propia respiración: inhalar—exhalar, el silbido metálico del regulador, el burbujeo de cada exhalación que trepaba hacia la luz como un enjambre de perlas fugitivas.
Los primeros cinco metros fueron un juego de colores. La claridad del sol penetraba aún en haces oblicuos y con una dulce intensidad celestial, convirtiendo las partículas en suspensión en polvo de oro. Las paredes de agua eran verdes y azules a la vez, un caleidoscopio que vibraba en cada burbuja. En su muñeca izquierda, el reloj de buceo ya marcaba el minuto dos; el bisel giratorio, alineado en la superficie, seguía su curso con la precisión de un metrónomo. El buzo lo observó de reojo, sabiendo que aquel anillo de acero no era solo una herramienta: era la frontera entre el tiempo humano y el tiempo abisal.
A los diez metros, la luz comenzó a diluirse. El rojo desapareció primero, convertido en un gris fantasmal; el naranja se volvió ocre, el amarillo se apagó hasta parecer pálido. Cada metro descendido era un filtro que arrancaba colores al mundo. El azul, ahora dominante, se volvía más denso, como si se espesara en torno a su cuerpo. Sintió el traje seco ajustarse contra su piel a medida que la presión exterior aumentaba. Las válvulas de inflado trabajaron con un suave chasquido, inyectando pequeñas dosis de gas para equilibrar la compresión.
A los quince metros, los tímpanos reclamaron su atención. La presión apretaba como un cerco invisible. Pinzó la nariz dentro de la máscara y sopló, un pequeño estallido interno devolvió el equilibrio a los tímpanos. Repitió el gesto con calma, recordando que cada metro de descenso era también una conversación con la fisiología. El profundímetro digital parpadeaba, exacto: 18,2 m… 19,7… 21,3.
El frío empezó a instalarse en los dedos, a pesar de los guantes de grueso neopreno. El agua aquí tenía una densidad distinta, más pesada, como si quisiera impedirle el paso. El compás de buceo giraba levemente en su muñeca derecha, la aguja fluorescente donde flotaba el fiel indicando el rumbo previsto hacia el cañón submarino. A cada brazada, los haces de la linterna recortaban columnas de luz en el azul profundo, iluminando cardúmenes fugaces que parecían nubes vivas.
A los treinta metros, el silencio era casi total. Solo quedaba el sonido de su respiración y el crujido distante del propio equipo, un lenguaje mecánico que le recordaba que la vida dependía de válvulas, juntas y cálculos de presión. Miró de nuevo su reloj: minuto nueve. El bisel mostraba un tiempo de fondo planeado de apenas veinte minutos antes de iniciar el ascenso escalonado. Cada segundo era un latido medido, cada burbuja un recordatorio de que el aire no es infinito.
Siguió descendiendo. A los cuarenta metros, el azul se transformó en un azul casi negro, un océano de tinta en el que los destellos de su linterna parecían rayos de luna atrapados. El cuerpo respondía: los músculos pesaban, la mente se agudizaba con una mezcla de alerta y fascinación. La mezcla trimix, fría y seca, mantenía a raya la narcosis del nitrógeno, pero la percepción del entorno adquiría una claridad extraña, como si el tiempo mismo se dilatara.
El fondo emergió de pronto, una llanura oscura interrumpida por formaciones rocosas que parecían esculturas de otro mundo. El haz de su linterna iluminó un campo de anémonas que se mecían como llamas bajo el agua. Miró el ordenador de buceo: 58,4 metros, presión parcial de oxígeno estable.
Una calma absoluta se apoderó de él, mezcla de respeto y asombro. Había cruzado la frontera. Allí abajo, donde el hombre solo sobrevive si confía en su equipo, cada cálculo mental, cada ajuste de válvula, cada minuto de su reloj Cronos y cada giro del compás eran la delgada línea que separaba la vida de la eternidad azul.
Permaneció inmóvil unos segundos, suspendido en la negrura, contemplando la magnificencia de un mundo que no le pertenecía. En el silencio abisal, el buzo y el océano respiraban al unísono.
La linterna cortó la oscuridad como un sable de luz, revelando primero una sombra inmensa, irregular, que emergía lentamente de la arena como el esqueleto de una bestia dormida. A casi sesenta metros de profundidad, el agua tenía el color del plomo líquido y el silencio era tan denso que cada exhalación parecía un trueno. El buzo avanzó con cautela, impulsándose suavemente para no levantar sedimentos, mientras su corazón marcaba un compás acelerado dentro del traje.
Ante él se extendía la silueta de un pecio del siglo XVIII, nunca antes visto por ojos humanos modernos. La estructura de madera, ennegrecida por siglos de sal y presión, se presentaba como una costilla gigantesca semienterrada en la arena. Las cuadernas aparecían fracturadas, pero aún mantenían la elegancia de una nave de guerra o de comercio de gran porte. Entre los listones carcomidos asomaban incrustaciones de coral rojo, esponjas y pequeños peces que habían hecho de aquella tumba un jardín submarino.
A estribor, la linterna reveló un bulto macizo: un cañón de hierro, largo y aún amenazante pese al óxido, yacía inclinado sobre un costado. La boca ennegrecida apuntaba hacia el abismo, cubierta de concreciones calcáreas que el tiempo había soldado como una armadura. Más allá, otro cilindro semejante descansaba a media sepultura, la cureña de madera deshecha pero todavía reconocible por los clavos corroídos. Cada cañón parecía contar una historia de tormentas, batallas o fuga desesperada, ahora muda bajo toneladas de agua.
El buzo descendió unos metros más, iluminando el fondo cubierto de limo. Un destello metálico, distinto al gris del hierro, parpadeó entre las sombras. Conteniendo la respiración, agitó suavemente la arena con la palma enguantada. El sedimento se alzó en una nube pálida y, bajo ella, resplandecieron monedas de oro: redondas, perfectas, algunas todavía unidas en pequeños racimos por los microorganismos marinos. La luz de la linterna arrancó destellos amarillos que parecían llamas líquidas en el azul profundo. En sus bordes se adivinaban relieves gastados: efigies borrosas de reyes, escudos de Castilla y leones coronados. Era el oro de un imperio dormido, callado durante más de dos siglos.
Junto a las monedas, la arena guardaba otros secretos. Fragmentos de porcelana emergían como pétalos de marfil, algunos intactos, decorados con delicados motivos azules que aún resistían el tiempo. Vasijas de cerámica, de boca ancha, se inclinaban en silencio, llenas de pequeños peces curiosos que entraban y salían como si jugaran en un salón de baile. Había restos de botellas de vidrio verde, cuellos de ánforas y una cucharilla de plata ennegrecida que reflejaba débilmente la luz del buzo como un espejo opaco.
Girando hacia babor, la linterna tropezó con una masa monumental: el ancla principal. El hierro, grueso como el torso de un hombre, reposaba en diagonal, parcialmente enterrado en el lecho marino. Las uñas del ancla se hundían en la arena como garras colosales, cubiertas de esponjas y pequeños moluscos que habían hecho de ellas su fortaleza. El cepo, apenas visible, parecía extenderse hacia la oscuridad, recordando la magnitud del barco al que alguna vez sujetó.
En torno al hallazgo, el océano permanecía inmóvil, como si supiera que el tiempo humano carecía de significado allí abajo. El reloj Cronos del buzo, marcaba implacable el límite de permanencia, pero en su mente la noción de minutos se disolvía. Solo existía la certeza de estar frente a un testigo intacto del siglo XVIII, un guardián de batallas, viajes y sueños comerciales que el mar había conservado en su abrazo de sal y silencio y la emoción del buzo le embargaba abstraído en sus emociones … y del tiempo.
Cada burbuja que ascendía hacia la superficie era un mensaje hacia el pasado, un puente entre el presente y aquella tripulación perdida que, quizá en medio de una tormenta o de una batalla, había visto desaparecer la luz como él la veía ahora: en un azul interminable, cargado de memoria.
Hipnotizado por la magnificencia del hallazgo, el buzo había perdido la noción del tiempo. Su mente, atrapada entre el asombro y la reverencia, no registró el insistente pitido que brotaba de su muñeca izquierda. Solo cuando un destello rojo en la pantalla del ordenador de buceo atravesó su campo de visión comprendió el peligro: la alarma llevaba 8 minutos sonando, avisando que el límite de permanencia a aquella enorme profundidad había sido superado.
Un golpe de adrenalina recorrió su cuerpo. El corazón, ya acelerado por la emoción, redobló su ritmo, y con él aumentó la demanda de oxígeno. El ordenador de buceo, frío y preciso, mostraba que el consumo de la mezcla heliox había crecido de forma peligrosa.
Hizo un cálculo mental rápido, repasando los protocolos de emergencia que había entrenado una y otra vez: el gas restante no permitía un ascenso convencional con todas las paradas de descompresión. Si intentaba cumplirlas, la reserva se agotaría antes de alcanzar la superficie.
Tomó una decisión que ningún buzo toma a la ligera. Emergería sin paradas de descompresión, confiando en la campana hiperbárica instalada en el barco de apoyo, preparada precisamente para contingencias extremas. Ajustó el bisel giratorio de su reloj —una última medida de control del tiempo de ascenso— y comenzó a elevarse, siguiendo un rumbo calculado pero firme, compensando a cada pocos metros, mientras la pantalla del ordenador trazaba en números fríos la distancia que lo separaba de la seguridad. De vez en cuando éste le advertía con un insistente, parpadeante y sonoro, SLOW, SLOW, SLOW.
El buzo detuvo el ascenso unos instantes para calcular: Se estaba dejando llevar por el pánico.¡¡¡ Tranquilo !!! , se dijo, a ver, ¡¡¡ pensemos !!!, “para un ascenso de emergencia desde 60 m, una velocidad prudente serían 10 m/min, lo que con un cálculo rápido (60/10=6) me llevaría entre 6 y 8 minutos en llegar a la superficie”
“Si forzase a la máxima velocidad prudente de emergencia, serían 15 m/min, por tanto, 60/15=4 minutos de ascenso continuado y estable sin paradas”
El buzo era consciente de que aún a pesar de la mezcla de gases ascendiendo a 15 m/min, desde 60 m retendría una saturación altísima de nitrógeno sin paradas, por lo que el riesgo de enfermedad descompresiva grave era muy serio. La embolia gaseosa arterial podría ser fatal.
Pero el buzo era consciente del mínimo margen de maniobra del que disponía tanto por lo conservador de los cálculos de los algoritmos del ordenador como por la mezcla de gases que estaba usando. Sabía que sus paradas deco le tendrían que haber permitido sumar entre 40 y 60 minutos, con los cuales contaba … ¡¡¡ pero algo había fallado !!!. Alguna conducción o válvula habría quedado obstruida, en cualquier caso … no disponía de tiempo para tales análisis.
El buzo sabía perfectamente que necesitaría ser colocado inmediatamente en una cámara hiperbárica para minimizar las consecuencias que empezaría a sufrir indefectiblemente dentro de pocos minutos para evitar el riesgo de muerte por barotrauma.
Afortunadamente el barco de prospecciones científicas disponía de una que siempre estaba preparada en inmersiones de alto riesgo.
El mundo submarino, que instantes antes era un santuario de historia y belleza, se volvió ahora un corredor de urgencia. Ya no había tiempo para pensar más. Era hora de actuar. Las burbujas ascendían en largas columnas plateadas, marcando la ruta hacia la superficie. Cada metro era una victoria contra el reloj biológico de su propio cuerpo, cada latido un recordatorio de que la maravilla y el peligro en el océano siempre caminan de la mano.
Cuando finalmente divisó la silueta del enorme barco, sintió un alivio helado. El hallazgo del pecio dormido quedaba atrás, pero su imagen —los cañones, las monedas, el ancla— quedaría grabada en su memoria con la misma intensidad que la certeza de haber cruzado, por un instante, la delgada frontera entre la fascinación y el riesgo absoluto.
Ahora sólo pensaba en mantener la calma y en la campana de descompresión anclada firmemente en la cubierta del barco. Los asistentes y marineros al ver emerger las burbujas presintieron que algo iba mal y prestos posicionaron el pescante para el posible rescate del buzo.
Cuando el buzo vino a darse cuenta, dado que su visión y pensamiento comenzaban a nublarse, éste había sido depositado en la fría cámara. La compuerta metálica se cerró con un golpe rápido y seco, a lo que le siguió un eco sordo que pareció sellar no solo el aire, sino también la frontera entre la vida y el mar.
Dentro de la campana de descompresión, el mundo cambió de inmediato. El ruido constante de las olas y el zumbido del generador del barco quedaban amortiguados, como si alguien hubiera colocado un grueso velo de algodón entre él y la realidad.
El buzo, aún enfundado en el traje húmedo y pesado, se sentó con torpeza en el banco de frio y duro acero, mientras el operador exterior giraba las válvulas con presteza y maestría. Un chorro de aire comprimido, frío y metálico, llenó la cámara con un silbido agudo que hizo vibrar las paredes de acero.
La presión creciente se adhirió a su piel como un abrazo invisible. Sintió el zumbido en los oídos, el leve crujido de los senos nasales y el latido profundo de su propio corazón, que ahora sonaba como un tambor dentro del casco. Se llevó instintivamente la mano al regulador del que ya carecía, ya no estaba sumergido. El sabor del gas era inconfundible: un ligero matiz metálico, casi eléctrico, que le recordaba a las madrugadas en el taller de compresores.
A través de la pequeña escotilla circular u ojo de buey, apenas se filtraba una luz blanquecina del exterior. La silueta de un técnico se movía detrás del cristal, comunicándose con él por el interfono. Una voz calmada, casi clínica, le informaba de la progresión: “Mantén la respiración controlada. Presión a 60 metros equivalentes. Primera fase, 4 horas y 45 minutos.” El buzo asintió, con la cabeza, aunque sabía que el operador no podía verlo con claridad, no importaba él tampoco podía ver con claridad.
Se estudió desde el puente de mando donde reunidos los técnicos hiperbáricos y el médico, aconsejaron, dado que los síntomas que presentaba el buzo eran de moderados a serios y la la omisión de paradas DECO había sido significativa, mantener al buzo en la cámara inmediatamente y preparar el protocolo según las tablas de COMEX.
La empresa francesa COMEX (Compagnie Maritime d’Expertises) fue pionera en la exploración hiperbárica profunda en los años 70–80, desarrollaron unas tablas terapéuticas con heliox (compuesto gaseoso respirable de helio y oxígeno) e hidrógeno (Hydreliox, Hydrox) para reducir la toxicidad y la narcosis en buceo en grandes profundidades que podía llegar entre los 300 y 500 m y también para el tratamiento de la enfermedad descompresiva (DCS).
Se usan también en tratamiento de DCS severo, aunque más como referencia histórica y científica.
El buzo aún a pesar de tener mermadas sus facultades, mientras inhalaba la mezcla, compensaba y soportaba la presión creciente, reflexionaba a duras penas, “aplicarán tablas COMEX, por lo que me quedan días aquí dentro”, sentenció.
Era cierto, ante síntomas descompresivos severos/neurológicos o ascenso no controlado profundo o más de 60 min de paradas deco omitidas, el tiempo en la cámara sería de varios días con un mínimo de entre 12 a 36 horas, hasta aproximadamente unas 56 h o más, incluso más. Y el buzo lo sabía.
El buzo sentía cómo la presión aumentaba progresivamente en sus oídos, la temperatura subía y el aire se fue volviendo progresivamente más y más denso. El manómetro marcaba ya casi los 70 metros, (225 pies) de agua salada. Había vuelto, de alguna forma, a la profundidad que casi lo condena. El buzo se mostraba paciente … dormitaba.
Durante horas el buzo sólo descansaba y respiraba la mezcla de gases heliox, mientras el personal controlaba su saturación de oxígeno, la frecuencia cardíaca, la tensión. La sensación era pesada, metálica. El tiempo se diluía: las primeras 16 horas completas en ese mundo artificial de acero, con intervalos en los que se le administraba aire para evitar la toxicidad del oxígeno.
El ascenso controlado en la cámara era una eternidad. Cada aproximadamente medio metro (unos 2 pies) de agua el controlador de la cámara movía lentamente la válvula. Un suspiro de gas se liberaba, la presión bajaba apenas lo perceptible. Cada parada podía durar decenas de minutos, luego horas. El reloj y su bisel cronómetro se convirtieron en sus aliados … y compañeros. Todo estaba programado, y el buzo mientras descansaba y cronometraba los diferentes tiempos guiado por los diferentes sonidos de la cámara según entraban los gases. El buzo sabía que no se podía acelerar. Había que tener paciencia.
Según la campana se iba estabilizando a las diferentes presiones preprogramadas, el calor se acumulaba en el interior. El agua que rezumaba de su traje formaba pequeños charcos que reflejaban la luz de la lámpara de emergencia, como diminutas lunas en el suelo metálico. El buzo cerró los ojos y revivió el descenso: la visión de los cañones oxidados, las monedas brillando en la oscuridad, el gigantesco ancla anclado a siglos de silencio. Cada imagen se mezclaba con la consciencia punzante de cuál habría podido ser el fallo. La alarma del ordenador, sonando durante ocho minutos que ahora parecían eternos, volvió a resonar en su memoria como una campana de advertencia.
Su respiración, al principio era rápida, se había cambiado por otra acompasada con el compresor externo. Inhalaba despacio, exhalaba más despacio aún, escuchando el silbido que se transformaba en una melodía mecánica. En esa calma forzada, su mente comenzó a vagar. Pensó en la fragata perdida y en los hombres que, tres siglos atrás, habían surcado el océano en busca de fortuna y gloria. Ellos también habían conocido la soledad del mar, aunque no las campanas de acero que ahora protegían su vida. ¿Qué sentirían al hundirse, al quedar atrapados en las mismas aguas que hoy él exploraba?
La presión ejercía un peso inapelable, pero también una intimidad casi meditativa. Estaban solos él y su reloj, aislados del mundo, cada segundo se estiraba como si el tiempo mismo hubiera decidido acompasarse al ritmo de su sangre. Notaba cómo el cuerpo, aún cargado de nitrógeno, respondía al protocolo: un leve hormigueo en las extremidades, una tensión en los músculos que lo recordaba a cada instante de la delgada línea que acababa de cruzar.
Se observó las manos, aún enguantadas, y continuó observando su reloj de buceo Cronos. El bisel giratorio, que había sido testigo mudo de su entusiasmo, ahora cronometraba y cronometraba tiempos y más tiempos, en apariencia banales, pero que en realidad lo estaban devolviendo a la vida. Pensó en cómo aquel simple instrumento, un pequeño cilindro de acero y cristal, había guiado a generaciones de buzos antes de que existieran los ordenadores, igual que los viejos relojes marinos guiaban a los navegantes del siglo XVIII cuyos tesoros acababa de ver.
Una gota de sudor le recorrió la frente y, al caer sobre el metal, se mezcló con el agua salada que aún impregnaba el ambiente. Cerró los ojos y dejó que la campana se convirtiera en un santuario. El buzo había dejado de cronometrar, se había quedado dormido.
Se encontraba sumergido ahora en un “minisubmarino” que lo transportaría desde la profundidad recién abandonada al mundo de la superficie.
Al despertar, entre el zumbido del gas y el pulso del acero, el buzo comprendió que la verdadera inmersión no había sido en el mar, sino en sí mismo: en la fragilidad de su cuerpo, en la inmensidad de su deseo de explorar, en el vértigo de saberse vivo después de rozar los límites.
Cuando el interfono anunció el inicio de la segunda fase de descompresión, el buzo abrió los ojos y exhaló lentamente. El océano seguía allí, apenas unos metros bajo el casco del barco, inmenso e imperturbable. Pero él, dentro de la campana, sentía que había regresado de un viaje más profundo que cualquier abismo.
En total, finalmente el buzo pasó más de dos días encerrado en la cámara. Fuera, el equipo se turnaba, registraba parámetros, revisaba la curva de ascenso para él minuciosamente calculada. Dentro, el buzo experimenta mareos, cansancio, recuerdos que iba y venían. La mente oscilaba entre el agotamiento y la esperanza.
Cuando la compuerta redonda de la cámara hiperbárica se abrió con un crujido seco seguido de un chirrío de los enormes goznes que la sujetaban a la enorme mole de grueso acero, y el aire fresco de la superficie del mar entró en la cámara, el buzo sintió el regreso a la normalidad como un renacer. El tratamiento había durado lo que parecerían siglos comprimidos en 56 horas.
Pero el buzo atesoraba en su memoria la experiencia. Entonces el buzo afirmó para sí mismo con convicción renovada:
!!! Volveré !!!
Nota: Los datos, el equipo mostrado y la historia es mera ficción fruto todo de la imaginación.
Bien señores, como ya habrán adivinado, el último en llegar es un Cronos, me encanta la marca, hace referencia al dios del Tiempo, con una estética y rasgos bastante conocidos por mil interpretaciones hasta la fecha, pero que por calidad a mi modo de ver presenta unas características muy interesantes.
El reloj es por muchos conocido, pero pienso que no se le ha hecho la suficiente “justicia”.
Se trata de una pieza contundente, muy bien elaborada, con todo sobredimensionado para soportar la presión de casi 3000 metros a los que se le ha sometido en un canal del Teletubie que se dedica a tales menesteres, dejando de funcionar, como se puede apreciar al alcanzar casi dicha presión.
Es por ello por lo que “solo” se encuentra el 2000 metros en la esfera.
El reloj es todo un lujo de funcionamiento, desde el cierre preciso macizo, no de latillas, como el brazalete, el bisel, su giro es espectacular, y no es un decir, diría que perfecto, los end links curvos y macizos encajan sin la más mínima holgura, además de ser un prodigio de visibilidad en la lectura, no ya por la claridad de la esfera, como es lógico, que también, sino por el, de nuevo, espectacular lúmen suizo.
Detalle importante es que carece de lupa, y el anillo de compresión macizo de acero de la esfera (Ringlock) que sirve de reahut, donde se incluyen las leyendas, aporta al conjunto una sensación de solidez y robustez muy inspiradoras.
La corona, presenta un cañón sobredimensionado con unas juntas tóricas enormes, su accionamiento está determinado por el roce con las mismas, si bien al ser la corona de generosas dimensiones, su giro es cómodo.
Evidentemente roscada, pero con la peculiaridad que la marca grabada en la misma queda centrada al roscarla completamente. Qué trabajo cuesta este detalle tan agradable a muchas marcas.
La tapa roscada, sobredimensionada también presenta la referencia de los 3000 metros, algo presuntuosa porque no los alcanza, y el logo de la empresa que lo ha “certificado”, algo curioso también y poco visto.
Los pasadores del brazalete se unen mediante tornillos con una rosca perfecta, gruesa y los puedes apretar sin miedo. Aproveché para colocarles fijatornillos, merecía la pena.
Pero lo mejor se reserva en el corazón del monstruo de las profundidades, y es el motor que lo mueve.
La pieza se puede encontrar con diferentes calibres a elegir, desde el humilde y robusto, NH-35, pasando por el PT-5000, o el buen calibre Citizen 9015, hasta llegar al más refinado Sellita SW-2000, que es el que monta la pieza que nos ocupa.
Pienso que además de la robustez y precisión para toda la vida, dicho motor, le genera un plus de interés y lo diferencia de ser un reloj chino más al uso, para convertirlo en cualquier pieza que podamos encontrar de micromarca, con piezas chinas pero con corazón suizo. Encantado la verdad.
Evidentemente y como no podía ser de otra manera, a la llegada de la pieza a casa, presto, me dispuse a comprobar la autenticidad del calibre.
Y ¡¡¡ SÍ, cierto !!! , monta como se puede apreciar esta unidad un calibre suizo Sellita. Una pena que no refleje dicha característica en la tapa o la esfera, que la veo un poco “vacía” dicho sea de paso.
Si nos fijamos la bata abraza a la esfera con dos gruesos tornillos con sus respectivas gruesas pletinas.
Viene ajustado en unos buenos +4" cosa que sorprende gratamente dado que otros Sellita con terminación Elaboré vienen también en +4".
Se aprovechó para colocar fijatornillos.
El box me parece super útil, sirviendo como caja de transporte, al ser suave y con cremalleras, muy bien diseñado.
Las características del modelo según la marca se las detallo a continuación:
Número de modelo: Cronos Watch Ⅼ6027 Sub Diver 2000M (Swiss made SW200-1)
Material de la caja: acero inoxidable 316L
Fondo de caja: Atornillado 316L y 3000M W.R.
Bisel: Acero inoxidable 316L unidireccional
Inserto del bisel: Cerámica con marcador luminoso completo - BGW9
Cristal: Zafiro con revestimiento AR interior
Movimiento: Tecnología de precisión NH-35 / PT5000 / Sellita SW200
Correa: Pulsera de acero inoxidable
Resistencia al agua: 2000M / 200 ATM (Puede soportar hasta 3000M)
Indices luminosos: Super Luminova suizo BGW9 (Blue)
Colores de la esfera: negro, negro/azul
Grosor: 16,5 mm
Diámetro de la caja: 44 mm (sin corona)
De asa a asa: 51,9 mm
Tamaño de las asas: 21 mm
Válvula de helio: Sí
Corona: atornillada
Garantía: 2 años
De esta pieza ya hizo su muy original presentación en su día el compañero @Temazos
La caja presentaba un pulido a espejo en las carruras, que le daban un aspecto poco técnico y demasiado “fino” para mi, por lo que han sido pulidas, al estilo “Submariner” que le aporta por contra, como resultado al acero un aire de titanio y para mi gusto le genera una visión más compacta y de reloj herramienta, sin “florituras” que deslumbren.
En la carrura opuesta a la corona monta una interesante válvula de salida de gases para la descompresión, de ahí quizá todo el texto del buzo del principio.
Una cosa tan pequeña me ha parecido muy inspiradora. Encantador.
La corona muestra unas muy efectivas guardas, gruesas pero suaves que protegen la corona de verdad e incluso evitan el que se afloje por el roce. En cuanto al diseño, evidentemente no tenemos nada que objetar, muy al contrario, sabemos de donde procede.
El bisel es cerámico con lúmen aplicado, muy amable de ver durante toda la noche, al igual que índices y agujas, por lo que se lee la hora a cualquier hora de la noche perfectamente.
En definitiva, estamos ante un reloj muy técnico para el buceo, muy robusto, con un estilo muy elegante a la vez para el día a día.
Evidentemente estamos ante un diseño muy pensado y estudiado, además de logrado con el paso de los años.
Se trata de un reloj contundente pero es una pieza muy usable, y para mi gusto con rasgos diferenciadores que lo alejan de ser un chino más.
Sus características lo hacen la mar de útil, que en mi caso me ha estado acompañando durante una semana en moto, trabajo de despacho, gym, natación en piscina y playa, duchas sin la más mínima tacha o fallo o error de nada.
Levemente pesado pero para los que nos apetece “sentir” el reloj en la muñeca aporta sensaciones agradables en el día a día, reposicionándolo u observándolo en cada tarea que ejecutamos.
Una gran pieza.
Espero que el texto haya sido de su agrado.
Saludos

















































































