Siempre lo he llevado en la sangre. No puedo explicarlo de otro modo.
Concibo esta idea sentado en un sillón blanco de mimbre. Aunque restaurado, es el mismo en el que tantas veces vi a mi abuelo, en la acera de la calle, frente a la puerta de su casa, tomando el fresco en verano.
Una estampa clásica de cualquier pueblo pesquero del litoral del Mar Menor en los 90: Al llegar el atardecer, una vez el Sol abandonaba su inexorable asedio, las aceras eran tomadas por los paisanos, que las ocupábamos comiendo pipas, jugando al parchís, al cinquillo o viendo el Grand Prix a través de la ventana, desde el exterior de la casa. De este modo, sabíamos perfectamente quien vivía dónde y a fuerza de costumbre, a diferencia de ahora, todos acabábamos conociéndonos.
Ojalá hubierais conocido a mi abuelo. Fue un buen hombre, trabajador honrado que no tuvo el privilegio de estudiar, pero que, a base de esfuerzo y sacrificio, llegó a recibir la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort otorgada por el ministerio de Justicia, tras sus años de servicio.
Tuvo, objetivamente, muchas virtudes, pero me centraré tan solo en una: Su indiscutible habilidad para tratar con los animales. Adiestrador de lo inimaginable, llegó a ocupar unas líneas en el periódico por “domesticar” un gorrión adulto, que cada mañana lo acompañaba en su hombro de camino al trabajo, y cual Hachiko, lo esperaba pacientemente en un árbol, a que concluyese la jornada laboral.

Por puro ocio acostumbraba a pasear y educar a los perros del vecindario. También alimentaba a los gatos callejeros. Consecuentemente, los veranos de mi infancia, transcurrieron jugando con decenas de peluditos, frutos de las hembras que venían a parir al patio interior desde el que ahora os escribo, pues mi abuelo les ofrecía un oasis de tranquilidad. Vivían libres, salían y entraban a voluntad, por el tejado, empujados por la insoportable necesidad de explorar y por la lívido. Años después yo haría lo mismo. Sin camadas, afortunadamente.
La fauna del patio en el que nace este proyecto, no se limitó a perros y gatos. Gallinas, patos, cabras, hurones, conejos, lagartos, camaleones, tortugas y hasta un caimán, fueron residentes temporales del patio interior de la casa de mi abuelo, y que el lector puede imaginar a la andaluza, con paredes blanquísimas pero deterioradas por el tiempo, la humedad y el salitre. Repleto de maceteros con plantas, y flores de todos los colores, que mi abuela cuidaba con esmero. Mi primera mini jungla.

Mi abuelo también me enseñó a montar en bici, y de paso, solía llevarme a las salinas a ver los flamencos que estacionalmente nos visitaban, y por suerte, todavía nos visitan.
Me enseñó a nadar, y de paso, me mostró las maravillas que habitaban el Mar Menor, y que lamentablemente, apenas habitan ya. Los caballitos de mar del Mar Menor pronto serán un recuerdo del pasado.
También me regaló una enciclopedia de 12 tomos enormes, de animales claro, completando sus enseñanzas prácticas, con una cantidad casi inabarcable de teoría.
Mi abuelo incrustó en mí la misma pasión que él tenía por los animales. ¡Cuántos documentales vi sentado a su lado! y… ¡Cuánto aprendí de él!
La búsqueda de animales es la fuerza motora que dirige mis viajes, y la llevo a fuego por mi abuelo. Su legado, hoy me acompaña en mis viajes.
En bicicleta, he recorrido Europa de Norte a Sur, y así descubrí al Lobo Escandinavo y al Oso en Suecia, y al Glotón y al Alce en la taiga de Noruega.
Buceando, he tenido la suerte de encontrar Tiburón Ballena en México, Dugongo en Myanmar y un banco gigantesco de Mantarrayas en Nusa Tenggara, Indonesia.
En otros biomas no he tenido tanta fortuna: Entre las rocas de Wadi Rum, en Jordania, no encontré al Caracal ni a la Hiena Rayada. El fantasma de las montañas, el Leopardo de las Nieves, no quiso dejarse ver en las altitudes de Kyrgyzstan. El Jaguar todavía sigue esquivándome a pesar de los cientos de horas que he pasado rastreándolo por los bosques lluviosos de Centroamérica.
Es allí, en la jungla, pero a miles de kilómetros, en el sureste asiático, donde más cómodo me encuentro. O al menos donde más he explorado. El bosque tropical a menudo te golpea, arrodilla y te enseña modestia. Son grandes los peligros que aguardan entre las hojas. Pero mayores las recompensas. Binturong, Hornbill, Krait Malayo, Gibbon Dorado, Guacamayo Escarlata, Pantera Nebulosa, Tigre de Indochina, Casuario, Puma y este mismo verano Orang Utan y King Cobra… para muchas personas son solo nombres de animales, pero para mí, son sueños encontrados. Sueños cumplidos.
Y de repente, aparece @psicoac con su pedazo de post sobre el Doxa Clive Cussler, y todo hizo click.
Exploración…jungla…mi abuelo…
Os presento al VIDAL SALMERÓN
Con la base de un Tandorio sub300T, la correa del UME que le pillé a @Zero y que se me quedó huérfana por tamaño, y unas cuantas horas para hacer este dial en el que he ocultado bastantes cosillas, intentando reflejar la apariencia de un bosque lluvioso.
Un anhelo que siempre he tenido, una de esas cosas que me duelen de verdad, es haber nacido en un mundo ya sobre-explorado. Es realmente complicado visitar un lugar donde no haya estado alguien antes. Soy demasiado sensato para cometer la estupidez de meterme al bosque sin acceder primero a la información que tengo disponible. Pero creedme, que la castración de la fantasía por lo desconocido me hastía sobremanera. La muerte de la incertidumbre absoluta me golpea sin piedad. Por eso, a veces me flipa dar rienda suelta a la imaginación.
Falta un toque final en este proyecto. ¿No sería maravilloso que quedasen bestias de leyenda por re-encontrar?

El Mokèlé-mbèmbé es una criptocriatura, a lo Nessie, pero presente en la tradición y cultura de muchas tribus de África Central. Lo voy a incluir sustituyendo en el datario el día 1, por el dibujo que veis en la imagen de arriba. Un guiño a ese anhelo que describo en el párrafo superior.
La referencia a La Llamada de lo Salvaje de Jack London se debe a que es un concepto que siempre me ha atraído mucho. Todos los que amamos la naturaleza entendemos el gran poder que sentimos cuando reconectamos con la tierra
No he conseguido que se vea bien en las fotos la parte que ha sido más complicada de hacer, y es conseguir que el dial no sea plano, tiene relieve simulando este tipo de mapa-maqueta (obviamente, salvando las distancias)
El reloj está sin terminar, de hecho está sin segundera, porque me la he cargado al ponerlo, precisamente por este efecto de relieve. Tengo que meterle todavía al Mokèlélillo.
También quiero envejecer levemente toda la caja de algún modo, e intentar corregir el pequeño desvío del bisel. Pero he decidido presentarlo incompleto, precisamente por si se os ocurren maneras de mejorarlo.
Soy consciente de que los índices no están rectos, simulando un poco la distribución caótica y asimétrica de las rocas que se encuentran salvajes.
También voy a aplicar un lumen bastante más potente(o eso espero, el del Tandorio no dura nada), y de diferente color, en concreto esta:

Ya que refleja muy bien la luminiscencia de tantos insectos que he encontrado en la jungla

SOBRE EL POST: De los collages de animales, solo la foto de las mantarayas, el tiburón ballena, el orangután, el casuario y el bicholuminoso son de mi cosecha, las que se ven peor, básicamente ![]()
el resto de internet.
Gracias a todos por haber llegado hasta aquí, pero especialmente a @Ned-Flanders, que me dio consejos sobre como retirar/recolocar los marcadores, a @Zero una vez más por la magnífica correa y a @psicoac , ya que su post me inspiró sobremanera para crear esta pieza.
Un saludo del nieto de M.V.S










