Hay algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo y que quiero compartir con vosotros, porque sé que aquí se entiende mejor que en cualquier otra parte y al fin y al cabo, hoy es lunes y es un día perfecto para desvariar.
En mi caja tengo varios relojes automáticos que me encantan: un Cuatro Vientos de Pedro Izquierdo con una Unitas que es una delicia darle cuerda, un Seiko SKX007 (que fue mi caballo de batalla durante años), un Citizen Promaster con Miyota 8215 (mi primer automático y el que me abrió la puerta a todo esto), un Stowa de cuando fue la fiebre de los flieger, y, entre otros, varios chinos, Steeldives y demás homenajes.
Cada uno de ellos me da alegría de una forma distinta. El Cuatro Vientos me recuerda que también aquí, en España, se han hecho grandes gestas y me retrotrae a una época muy concreta de la afición a la relojería . El SKX tiene ese espíritu aventurero que marcó una época en mi muñeca cuando flipaba con las fotos del Equipo de Demolición Subacuático de la USNAVY con sus relojes y pensaba que mi Seiko podía ser nieto de aquellos. El Citizen me hace sonreír por lo ingenuo que fui al pensar que con aquel reloj ya había tocado techo. El Stowa me trae de vuelta una época en la que todos hablábamos de fliegers como si fueran la última frontera de la relojería y todos éramos expertos en bombarderos, moscas, fabricantes originales y militaría. Y los Steeldives y demás me divierten, me hacen valorar lo que se puede conseguir hoy sin dejarse un sueldo y de paso probar otros estilos en mi muñeca.
Cuando pienso en ellos, me siento feliz. Me gusta imaginar sus engranajes trabajando, la rueda de escape, el tic-tac imperfecto que late sin necesidad de batería. Son objetos con alma, máquinas vivas que cuentan el tiempo de una manera que ningún cuarzo puede igualar.
Y sin embargo… cuando llega la hora de salir de casa, siempre termino poniéndome el mismo: mi G-Shock GW-M5610.
Solar. Radiocontrolado. Ligero. Indestructible. No importa si es un día de trabajo, un viaje, un imprevisto o incluso si me imagino en un escenario más serio como un apagón o una catástrofe: si pienso qué reloj quiero tener en la muñeca cuando de verdad lo necesite, la respuesta es siempre la misma. El G-Shock.
Quizás sea por deformación profesional, pero tengo claro que existen momentos en los que tener la hora exacta y un reloj funcional que pueda medir bien el tiempo puede ser cuestión de vida o muerte.
Ahí está mi contradicción: me emocionan los automáticos, pero confío mi día a día al digital japonés. Y no es por falta de cariño a los otros, ni porque no funcionen bien. Es porque, en el fondo, a mí no me gusta rotar relojes.
No disfruto de eso de “hoy me pongo uno, mañana otro”. Yo necesito sentir que tengo mi reloj, un compañero constante que me acompaña en todo. Y si lo cambio cada dos días, deja de ser el mío para convertirse en “uno más”. Lo típico que alguien pueda decir en el futuro: “Mira, ese es el reloj del abuelo Stolichnaya, lo acompañó día a día durante muchos años”.
El G-Shock ha ocupado ese lugar de forma natural. Es el que me da seguridad, el que nunca me exige nada, el que sé que está listo siempre. Es el reloj que se convierte en parte de mí.
Los automáticos, en cambio, no son rivales ni pretenden serlo: son mi refugio estético y sentimental. Me recuerdan por qué me atrapó esta afición, me devuelven la belleza de lo imperfecto, me enseñan que el tiempo no solo se mide en precisión, sino también en sensaciones, en emociones y en historias (y en Historia).
He dejado de verlos como dos mundos en conflicto. Uno me asegura el presente, los otros me regalan la memoria y la pasión. Y en esa convivencia me siento más completo como aficionado.
Al final, escribir todo esto es casi como desahogarme con amigos. Porque en el fondo sé que no hablo solo de relojes, sino de cómo me relaciono con el tiempo, con mis rutinas y con mis propias manías. Y creo que precisamente por eso esta afición engancha tanto: porque cada uno encuentra en un simple objeto de muñeca un reflejo de lo que es y de cómo vive.
Lo comparto aquí porque creo que muchos habréis sentido algo parecido. ¿Necesitamos rotar para disfrutar, o basta con tener claro cuál es nuestro reloj y dejar que el resto nos acompañen de otra manera? ¿Sois de los que disfrutan con la rotación diaria, o preferís sentir ese vínculo fuerte con uno solo?
Y lo más importante: ¿Se os ha liado la sobremesa como a mí y estáis escribiendo LADRILLAZOS INFUMABLES en el foro?
Un abrazo y si alguno ha leído todo hasta llegar aquí, le pido grandísimas disculpas.

