Hace un tiempo os conté la historia de un jovencísimo Winston Churchill que perdió en un arroyo el reloj que le había regalado su padre y decidió que aquello no podía quedar así. ![]()
Y hace unos días os traje otra historia sobre ingleses, guerras y relojes… la de aquellos prisioneros británicos que escribían a Rolex desde un campo alemán
Pues hoy vamos a juntar las dos historias. ![]()
Viajemos a Sudáfrica en 1899. Churchill tenía 25 años y todavía estaba bastante lejos del señor gordito con puro y sombrero que todos tenemos en la cabeza.
Había viajado allí como corresponsal del Morning Post para cubrir la Segunda Guerra de los Bóeres y el 15 de noviembre iba a bordo de un tren blindado británico cuando los bóeres lo atacaron y consiguieron hacerlo descarrilar.
Churchill ayudó a despejar la vía y organizar la retirada, pero acabó capturado… Y además era un prisionero un poco peculiar, porque oficialmente estaba allí como periodista pero también era oficial del ejército en excedencia y acababa de participar activamente en una acción militar. Total, que después de discutir qué demonios hacer con él, los bóeres lo encerraron en la State Model School de Pretoria.
Churchill aguantó allí menos de un mes.
La noche del 12 de diciembre vio que los guardias habían dejado sin vigilancia una parte del recinto, saltó una valla y se largó… ![]()
Y aquí conviene aclarar que eso de “se largó” suena mucho mejor de lo que fue realmente porque Churchill salió de allí sin mapa, sin comida, sin saber muy bien dónde estaba y con un plan que básicamente consistía en caminar hacia el este y esperar que ocurriese algún milagro. ![]()
Consiguió colarse en un tren de mercancías, viajó escondido durante horas, saltó del tren en marcha y continuó andando hasta que vio unas luces en la distancia… Estaba agotado y decidió hacer algo que, visto desde hoy, parece una idea absolutamente cojonuda para alguien al que está buscando medio país… llamar a una puerta al azar. ![]()
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Si allí vivía un bóer, se había acabado la historia… Pero Churchill tuvo una suerte descomunal. La puerta pertenecía a John Howard, un británico que dirigía la Transvaal and Delagoa Bay Colliery, una importante mina de carbón y compañía minera.
Churchill acababa de llamar probablemente a una de las mejores puertas a las que podía haber llamado porque Howard decidió ayudarlo y organizaron su escondite. Para eso pidió ayuda a Daniel Dewsnap, el ingeniero encargado del ascensor de la mina.
Dewsnap era de Oldham. Y esto tiene bastante gracia porque Churchill se había presentado poco antes a unas elecciones precisamente en Oldham… y había perdido. ![]()
Según el relato que conservó su familia, cuando Dewsnap conoció a Churchill le estrechó la mano y le soltó algo parecido a: “La próxima vez votarán todos por usted.”.. Y ya os adelanto que acertó. ![]()
Dewsnap bajó a Churchill a la mina y allí lo escondieron en una zona subterránea que había sido preparada como establo… Le dejaron un colchón, mantas, velas, comida… whisky… y puros. A ver… hay peores formas de estar escondido. ![]()
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Durante los días siguientes varias personas participaron en mantenerlo escondido y llevarle comida sin que los bóeres descubrieran que tenían a uno de los fugitivos más buscados del país debajo de sus pies. Entre ellos estaban Joe McKenna, capitán de la mina, Joe McHenry, uno de los mineros, y el doctor James Gillespie.
Pero esconderlo era solamente la mitad del problema… Había que sacarlo de allí.
Y para eso apareció Charles Burnham, un comerciante y agente de transportes que tenía que enviar varios vagones cargados de lana hacia Lourenço Marques, la actual Maputo, en Mozambique. Burnham preparó un hueco entre las balas de lana, metieron allí a Churchill con algo de comida y bebida y el tren salió hacia territorio portugués.
Esta vez el plan funcionó… Y unos meses después Churchill regresó a Oldham. ¿Os acordáis de la predicción de Dewsnap? Pues salió elegido diputado. ![]()
Pasó algo más de un año y Churchill decidió que quería agradecer de alguna manera a quienes se habían jugado el cuello ayudándolo. En enero de 1901 escribió a su madre para pedirle que escogiese unos regalos para ellos… por lo que sea a su padre no se lo pidió ![]()
Y eligieron relojes de bolsillo de oro…
El 26 de febrero Churchill escribió a John Howard para avisarle de que enviaba a Sudáfrica una remesa de: “8 gold watches”. Ocho relojes de oro. Todos ellos grabados con una inscripción dedicada a la persona que debía recibirlos.
Moraleja: a veces los comportamientos altruistas tienen recompensa… Así que ya sabéis, si alguna vez llama a vuestra puerta un fugitivo perseguido por medio país, antes de entregarlo preguntadle si algún día piensa ser Primer Ministro. ![]()
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PD: Antes de que alguien pregunte qué fue de aquellos ocho relojes… paciencia. ![]()
Algún día habrá segunda parte… y es casi mejor que la primera.













