Yo solamente tengo dos relojes Lip, ahora me ha llegado el Himalaya, con el que tengo una conexión especial, y ahora va el rollito nostálgico, pero que tan relacionado está con los relojes.
Todos los escolares barceloneses de mi generación, a caballo entre los 60 y los 70, los primeros niños que estudiamos la EGB, íbamos una vez a visitar la fábrica de la Coca Cola en la Verneda, ahí veíamos la cadena de envasado y nos daban explicaciones sobre que la Coca Cola no llevaba coca. No recuerdo si había degustación, pero creo que lo recordaría, porque habría sido un acontecimiento para mí, ya que mi madre nos tenía prohibida totalmente la Coca Cola (ella era del zumo de zanahoria, que era maravilloso para la vista y por eso tengo operados los dos ojos de desprendimiento de retina, de cataratas y me trato contra un futuro glaucoma). Total, que después de la visita tenías que hacer una redacción y los que lo hacíamos bien, pero no ganábamos, teníamos como premio de consolación un libro barato de bolsillo.
A mí me cayó "Annapurna, primer ocho mil ", de Maurice Herzog, en esta edición
Yo era muy muy joven, once o doce años, y no me interesaba nada el tema, pero un día aburrido, creo que veraneando en la Cerdaña, lo cogí y me apasionó. Narra la escalada en primavera de 1950 del primer ocho mil que fue ascendido (y descendido para contar que se había llegado) Los escaladores fueron cuatro franceses. Tres miembros de la mayor élite de la escalada, los “Guías de Chalmonix”, Lionel Terray (el mejor escalador de su generación y el mejor deportista en la historia con el nombre de Lionel), Gaston Rebuffat y Louis Lachenal. De jefe estaba Maurice Herzog, un escalador competente que estaba allí por haber sido de la resistencia gaullinsta contra los nazis y que tuvo los contactos políticos suficientes para organizar la expedición.
El libro es una maravilla, porque explica los problemas que tenían los escaladores de la época, ya no para escalar, sino simplemente para llegar a la base de la montaña y encontrar una vía de acceso. En su caso, el objetivo de la expedición era el Dhaulagiri, la séptima cima más alta de los catorce ocho miles, y de forma secundaria, el Annapurna, situado en la misma zona. Los expedicionarios estuvieron explorando el Dhaulagiri durante mucho tiempo, hasta llegar a la conclusión de que no era escalable, y por tanto cambiaron de montaña al Annapurna. El gran problema que tuvieron fue encontrar un camino para llegar a su base, los lugareños (cinco mil metros por debajo) nunca se habían acercado.
Tras múltiples peripecias, llegaron al Annapurna, encontraron una vía de escalada y con grandes penalidades Herzog y Lachenal consiguieron llegar a la cima. La vuelta al campo base de los cuatro expedicionarios fue terriblemente penosa y sufrieron gravísimas congelaciones, sobre todo Herzog. La parte final del libro es el relato del regreso, en el que van amputando a Herzog, poco a poco, falange a falange, todos los dedos de las manos y los pies, que habían congelado.
La ascensión fue una hazaña muy notable, porque pese a ser el Annapurna uno de los ocho miles más bajos, es el más peligroso por las avalanchas y tenía el ratio de muertes por escalada más alto de todos los ocho miles. Normalmente los que van a la caza de “los catorce” lo dejan el último por el preligro letal que tiene.
El libro de Herzog, muy ameno, inaugura la “literatura de expedición al Himalaya” y fija los tópicos del género, la llegada al campo base, el montaje de los diferentes campos de altura con la monotonía del subir y bajar, las avalanchas, la nieve derretida para hacer te, la ascensión postrera y el dramático retorno.
Yo me aficioné tanto al alpinismo con ese libro, tanto tanto, que decidí leer muchos más. Tengo en mi casa unos cien libros del género y soy un gran entendido del tema de los ocho miles, ubicación, altura, escaladas, etc. Por supuesto no he hecho en mi vida ni una escalada, siempre he sido gordo, flojucho y torpe, y tengo vértigo. Mi deporte es el “sillonbol”.
Para los más jóvenes que les pueda interesar el tema, les recomiendo muchísimo los documentales de “Al filo de lo imposible”, que a lo largo de los años y con diferentes escaladores hicieron los catorce ocho miles, y que básicamente consisten en unos vascos que se ponen ciegos de bacalao y chorizo en el campo base y luego están a punto de palmarla (o, desgraciadamente, palman) subiendo y bajando el montañón. Juanito Oiarzabal es experto tanto en comer bacalao como en estar a punto de palmarla. Muy entretenido.
En el año dos mil, cuando se cumplieron los 50 años de la ascensión al Annapurna, los de al filo y Herzog, el único superviviente de la cordada, se encontraron en el campo base del Annapurna y tiraron la última página del libro desde la cima, allí donde pone “Hay otros Annapurnas en la vida de los hombres”
Y todo este rollo va porque… pues resulta que los relojes Lip fueron los usados por la expedición y los que llegaron a la cima del primer ocho mil . Aquí no hay duda como en el Everest, que se ascendió tres años después, con eso de los Rolex o los Smiths. El reloj fue sin duda un Lip Himalaya, que reflejaba la afición del Lipman por el alpinismo (no olvidemos que Besançon esté en la puerta de los alpes). Según la publicidad de Lip, éste fue el reloj de Herzog y cía (ya lo había puesto en el primer post del hilo)
Hasta no ponerme a investigar sobre Lip, yo desconocía totalmetne el reloj. Me puse a buscar un vintage y lo encontré, por muy poco dinero, ni cien euros. Es de 34 mm aunque parece más grande y es muy parecido al de Herzog, salvo que no es bullseye. No va muy bien, pero funciona, y es mucho más bonito que los HImalaya que ahora hace Lip. Una pequeña joya que me vincula con mi infancia, con mis aficiones y con un momento muy importante de la historia, no ya del deporte, si no de las exploraciones.